domingo, 26 de noviembre de 2017

El examen de la vida.

Un alumno que se encontraba tomando un examen de matemática intentaba analizar algunas cosas que no comprendía del texto escrito en el papel que tenía ante sí. Los primeros cuatro temas del examen los completó enseguida y el quinto tema lo terminó con cierta cautela, porque lo encontró muy fácil y entendió, según sus más profundos razonamientos, que algo debía andar mal. Su profesor, pensaba, gustaba de preparar pruebas difíciles y si un problema resultaba demasiado fácil, pues obviamente algo no estaba del todo bien. Tardó tanto analizando aquel problema que casi todos en el aula habían entregado sus respectivos exámenes y él todavía no hallaba solución a su dilema. Finalmente acudió resignado al escritorio del profesor y le preguntó: "¿Por qué será que no termino de solucionar esta ecuación?", formuló la pregunta al tiempo que señalaba el quinto tema en el papel. El profesor lo miró entre sorprendido y dubitativo por un instante y luego respondió: "¿estás tratando de tomarme el pelo?, esa ecuación ya la tienes resuelta, entrega el examen y esfúmate del salón". El alumno respiró aliviado, se despidió del profesor y al salir del aula comprobó que había estado sudando angustiado por espacio de media hora sin justificación ni razón. Algunas veces, los seres humanos tienden a querer complicarse el camino colocando obstáculos que no existen  e imaginando escollos por no creerse merecedores del disfrute pleno de la felicidad. Este día y todos los días de tu vida, te invito a ver la existencia tal y como es: un espacio de crecimiento en el que los exámenes casi siempre los tienes resueltos ante ti y los que aparentan más difíciles, por lo regular, son los que más te ayudarán a crecer.

jueves, 9 de noviembre de 2017

Soy porque estoy.

Soy, porque estoy, no porque pienso sino porque existo. Aún si no pensara "sería", porque estoy y seguiré estando sin que tenga que ver con que yo quiera ser ni con que yo quiera estar, entonces ser lo que soy me hace ser. El ser es, porque está, si no estuviera no fuera, pero es. Soy lo que eres y soy lo que no eres, entonces, soy lo que soy y soy lo que no soy, por consiguiente, solamente soy. En ese sentido, soy todo y bajo ningún concepto puedo ser nada, porque aún la nada está contenida en el todo y soy el todo, lo cual quiere decir que todo está en mí y yo en el todo.

domingo, 5 de noviembre de 2017

Que lo diga mi pluma

Si decirlo no ha sido suficiente y mis palabras sinceras no recitan amores en las neuronas de tu mente que luce indiferente ante insinuaciones tan sugerentes, déjame mirarte de frente y plasmar en papel las inspiraciones nacientes de tu hermoso perfil sonriente que me hacen fiel creyente de tus primores que viven latentes en cada pensamiento que tengo de repente y luego silente se pierde entre la gente.

Que lo diga entonces mi pluma que sabe como ninguna de los desvelos amparados por la luna, acompañados de poemas mecidos en la cuna destinada a la fortuna de mecer una por una las prosas que desde mi corazón han nacido tan oportunas.

Que son mis poemas, reflejos de mis emociones, los que albergan las grandes pasiones que unen nuestros corazones que Dios ha colmado de dones que se transforman en canciones.

Si decirlo no ha sido suficiente y las palabras se confunden en la espuma propia de tu dulzura… ¡que lo diga mi pluma!

Así he querido quererte.

He querido quererte como el firmamento ama a las estrellas que lo iluminan.

Como ruiseñor que canta y se alborota con la suave brisa primaveral he querido quererte y por ti mis melodías entonar.

Como un sueño que despierta en medio de la noche y entiende que no ha debido despertar, sólo soñar y soñar, así he anhelado que me llegaras a amar… como se hacen realidades las fantasías, como mares que rodean las islas, como ríos que llenan los mares, como nubes que rebosan los ríos, como si fuera tuyo todo lo mío y tu corazón la isla donde el mío ha sembrado girasoles que florecen por doquier.

Como si fueras mi único mañana y yo tu futuro cercano, dos sujetos que han formado un solo predicado, una oración que la vida ha adornado con signos de admiración enamorados.

Como un sin sentido que ha nacido y ha vivido para señalarnos el camino, como son hermosos los días compartidos contigo, como son de tiernos tus suspiros… así he querido quererte, como se quiere lo que más se ha querido.

sábado, 4 de noviembre de 2017

Prefiero decir: "Te quiero".

Vanamente escudriño el firmamento neuronal que contiene la lexicografía por mi mente conocida… queriendo formar la frase más perfecta… más certera… nunca usada… intenciones que se dispersan en la nada.

Insisto en liberar lo que encierra mis pensamientos y produce estallidos de protones y neutrones en mis sentimientos. Minúsculas partículas de amor que se rebelan, que gritan y se callan, se sumergen y emergen… se materializan y se desvanecen…al unísono… en concierto. Y yo ¿qué siento?

Auténtica extrañeza que descifra la metafísica esencia en que subyace lo sublime, que se resiste a confiar en dos palabras la misión de transmitir el significado del conocimiento pleno y nuevo que a mi vida ha llegado.

Si es injusto repetir en dos palabras, ocho letras, aquello que desde el génesis de mi existencia ha retumbado en mis oídos: a veces… sonido tan triste, a veces tan divertido, pero, al final… sonido tan conocido… no quería rendirme, ni Sucumbir a la tentación de pronunciar, con aire proveniente de los mismos pulmones que exhalan energía para formar otras veces palabras tristemente frías, las prodigiosas palabras que habrían de proyectar el reflejo de la nueva vida mía. Y yo ¿qué soy?

Espíritu que celebra la manifestación material de lo que el poder divino ya había concebido; una fiesta armoniosa de amor y alegría que adrede prolonga la madrugada para que nunca llegue el alba en la que usualmente culminan todas las celebraciones; un cuerpo físico que duele ante el anhelo de fundir sus poros con la materialización de lo espiritual que constituye la renovación de su energía…. Complemento de la vida mía.

Podría inventar esa frase. Podría incluso crear un conjunto de símbolos distintos al imponente alfabeto que enlaza el columpio que domina los vaivenes de este mundo vacío… un lenguaje que sería sólo tuyo… un idioma que sería todo mío.

Pero, ¿acaso comprenderías? ¿No tendría que explicarte cada norma, cada regla… y esperar hasta que la entendieras a cabalidad? ¿Valdría la pena la espera? Si ya es suficiente el tiempo transcurrido desde que en la Tierra vi la luz hasta que llegaste tú… si las noches son claras y los días oscuros cuando pienso que no sabes que inspiras todo por lo que hoy vivo… lo mejor que de la vida espero… sí, lo digo, aunque millones lo dijeron primero, aunque trillones lo dirán después… lo digo, porque eres mi espejo, porque contigo soy hombre nuevo… sí. Prefiero decir: "Te quiero".


domingo, 17 de septiembre de 2017

Visita madrugadora.

Dicen que Nueva York es la ciudad que nunca duerme. Cualquiera que no haya pasado una temporada en el estado norteamericano de Nueva York podría pensar que es algo exagerado decir que Manhattan nunca duerme, pero, los que hemos sido testigos de esa verdad, sabemos bien que la frase es literalmente correcta y acertada. Una vez, hace muchos años, me ocurrió algo que sólo habría podido pasarme en Nueva York, precisamente por esa cualidad de ser una ciudad que de noche tiene tanta actividad como en el día. Trabajaba en las noches, casi hasta amanecer, usualmente llegaba a casa entre las tres y media a cinco de la madrugada. Alguien me avisó que  mi familia me había enviado algunas cartas con una chica cuya madre era amiga de  mis parientes. Me dieron la dirección y decidí que la buscaría al día siguiente, porque ella también trabajaba en la noche, según me informaron, creo que en un restaurante. El asunto es que esa noche salí de trabajar muy temprano y, por alguna razón que no recuerdo, me fui a dormir antes de la hora acostumbrada, lo que era muy raro que hiciera. Regularmente me dormía a las siete y pico o a las ocho y media de la mañana, después de ver las noticias en televisión y enterarme como estaría el clima para aquel día, y casi siempre despertaba como a las una y media o dos de la tarde y en lo que me preparaba para salir a la calle ya eran cerca de las cuatro y en el invierno, a veces, veía caer la tarde y a las cinco y pico ya estaba oscureciendo, si encima estaba nublado o nevando podía tornarse muy oscuro antes de las seis. Aquel día me levanté emocionado con la idea de ir a recoger las cartas de mis familiares, así que me bañé y me cambié a toda prisa, despertando a mi amigo antes de salir del apartamento, para que supiera que me iría solo y nos juntaríamos en el trabajo. Lo nublado del cielo presagiaba un aguacero… debía acelerar el paso. A las cuatro y pico ya estaba en el tren y alrededor de las cinco estaba en el lobby del edificio donde residía la antigua vecina de mis parientes, a quien conocía desde hacía años y, aunque ambos sabíamos muy bien quien era el otro, no existía tanta confianza entre los dos, porque cuando vivíamos en Santo Domingo apenas cruzábamos saludos si coincidíamos en la casa de mis familiares y quizás sostuvimos una que otra conversación breve y trivial en dos o tres ocasiones. Aún así, estaba seguro de que nos reconoceríamos de inmediato.  Al llegar al lobby, me encuentro con la sorpresa de que el encargado de la seguridad del edificio no quiere dejarme entrar a esa hora, porque, según él, la mayoría de la gente que vivía allí trabajaba en la noche y a esa hora estaba descansando. Yo sabía que sí, que los que trabajaban de noche dormían en la tarde, pero, le decía que eran casi las cinco, una hora más que apropiada para que yo pudiera visitar a aquella amiga de la familia. Intercambiamos  unos cuantos argumentos y hasta llegué a mostrarme algo indignado e irritado con la actitud intransigente del individuo. Al final accedió algo inconforme a llamar a la chica por teléfono y ella dio el permiso de dejarme pasar. Subí por el ascensor al apartamento de la chica y... efectivamente, ella había estado durmiendo y hasta me abrió la puerta en pijamas. Me saludó con mucho cariño, le conté lo del tipo de la seguridad y dijo que sí, que aquello era normal, pero que no le diera mente al asunto. Nos sentamos un rato, ella buscó las cartas y me las entregó, nos pusimos a relatar historias acerca de nuestras respectivas aventuras en la Gran Manzana y, de repente... no podía creer lo que veían mis ojos a través de la ventana. La luz solar iluminaba la pared del edificio contiguo. Mis pensamientos se turbaron por unos segundos. Comencé a enlazar el suceso con el tipo del lobby, el hecho de que la chica estuviera durmiendo y aquella luz solar que brillaba tan fuerte y clara en la pared del edificio de al lado a las seis de la tarde...  La realidad golpeó mi rostro inmisericordemente y de pronto me sentí tan ridículamente torpe. Eran las seis de la mañana y no las seis de la tarde como yo creía. Todo fue tan repentinamente extraño que no supe lo que correspondía hacer y eso sí que me desconcertaba, porque hasta aquel día yo siempre creía que sabía lo que debía hacer en todas las situaciones. Me puse de pie repentinamente, quería salir corriendo de allí y permitir que mi anfitriona descansara. Le agradecí la entrega de las cartas y su hospitalidad, `´pidiéndole  disculpas por la molestias causadas, pero ella dijo que no era ninguna molestia y que debíamos juntarnos otra vez. Al bajar al lobby, el seguridad me miró casi acusadoramente y,  ya entendía su actitud, le agradecí el haberme facilitado mi misión, pero, estaba tan sorprendido con lo ocurrido que no atiné a intentar siquiera darle una explicación del porqué de mi actitud anterior. Me conformé con verlo cambiar de gesto, de acusador a comprensivo,  luego de ver las cartas en mi mano. Los inmigrantes sabían bien lo que esas cartas significaban para otro inmigrante en la Gran Manzana. Tomé el tren de regreso a casa, y una vez llegué al apartamento, mi amigo me relató que cuando él salió a la calle ya se estaba haciendo de día y se devolvió entendiendo mi confusión de horarios. Nos reímos juntos de aquel suceso y volvimos a dormirnos. No volví a visitar a la chica, no he vuelto a verla desde entonces, pero, si la vuelvo a ver, seguro le contaré lo que verdaderamente pasó aquella vez que la visité de madrugada.

El maestro cruzacalles.

Esperó de pie en la esquina hasta que el semáforo cambió y los autos se detuvieron. Cruzó despacio la avenida caminando encima de las líneas que marcan el cruce de peatones, a su paso iba señalando a los conductores que debían respetar ese espacio diseñado para los transeúntes y llegaba al extremo de golpear con su regla el bonete del coche que encontraba infringiendo la ley al obstaculizar el paso peatonal. Arribó tranquilamente a la otra acera y al subir a la misma dio media vuelta y volvió a esperar a que el semáforo cambiara. El ruido de los carros al arrancar, el silbato del agente policial, venduteros, transeúntes… Nada parecía alterar los pensamientos profundos evocados por el anciano maestro que, ahora pensionado, insistía en educar a la gente de su nación a cualquier costo. Nuevos conductores a quienes educar, la misma avenida, la misma esquina. La luz roja indicó el alto a los choferes y una vez más, esgrimiendo su vieja regla con firmeza,  cruzó la avenida dispuesto a enseñar a sus conciudadanos que deben respetar el paso peatonal.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Diosa de almíbar.

Habría sido yo el fuego, paciente y sigiloso, moldeador de la espesura exuberante que define lo imponente de tu silueta divina… Tendría sentido cada segundo de esta bendecida vida mía al atestiguar la dulcificación del viento y su consistencia ante tu presencia, tornando los pulmones en panales de miel suspirantes por las transpiraciones que destila tu piel.

Quién fuera buñuelo sumergido en el suave candor esparcido en el rumbo abandonado y perdido que agoniza al mirar que te has ido y permanece inmutable esperando su fin cuan estela suspendida en la lozanía envolvente del entorno sutil que ornamenta tu existencia… Valdría la pena vivir ahogado en ti, que me sintieras así, siempre tan cerca, tan dentro de ti.

Fuera yo esa vasija transparente en que reposas ardiente al conformarse tu hechura, testimoniando el descenso de los grados elevados manejados por la majestuosidad de tu existir que se vuelve apetecible al paladar enterado por el aroma que evidencia tu llegada señorial al lugar predilecto del sabor eterno delimitado por el espacio que te contiene… Sublevaría mis fuerzas y voluntad para escapar del agua que amenazara con borrar los rastros de ti que quedaran en mí, haciéndome dulcemente feliz.

Dime diosa de almíbar… ¿qué debe hacer un ser humano para ser parte intrínseca de ti?


sábado, 2 de septiembre de 2017

El profesor que lloró.

Su llegada al salón de clases no pudo ser más oportuna. La profesora de idiomas se había marchado al extranjero, dejándonos impregnados de ese tipo de desazón que no se admite, porque se siente demasiado, y no se explica, porque los guerreros no rinden explicaciones ni aún a la propia vida. Atravesó el umbral que lo puso en nuestro territorio sin sospechar lo que viviría los próximos días de su vida. Su aspecto estrafalario, abstractamente desgarbado, tan flaco como las líneas blancas que separan los carriles para los automóviles en la carretera, lucía demasiado tranquilo para la ocasión… A leguas se veía que no sabía dónde había llegado. Supimos de inmediato que la directora le hubo manifestado acerca de la fama de indomables que nos perseguía por todo el colegio, pues pretendió hacernos creer que estábamos ante un tipo implacablemente rudo. ¡Vana ilusión! Solamente los profesores de mucha autoridad y carácter  osaban impartir docencia en aquel salón sin sentirse atemorizados por las constantes bromas de mis compañeros… bueno, sí, las mías también. Pero para aquel tiempo yo ostentaba un rango de teniente en comparación con los generales y coroneles del desorden que dirigían todas las travesuras del primero de bachillerato del colegio Nuestra Señora de Fátima. La mayoría de nosotros veníamos juntos desde primero o segundo de la primaria y nos conocíamos tanto que ni los baloncestistas de la NBA podían coordinar sus jugadas improvisadas tan bien como hacíamos nosotros con nuestras travesuras. Así que aquel nuevo profesor de inglés llegó justo a tiempo para desalojar al aburrimiento que se había mudado a nuestro curso desde que la profesora ya no estaba. Quiso demostrar una dureza que no tenía, subestimando la psicología de unos alumnos cuya especialidad no era el álgebra sino el caos y la anarquía. Los días fueron pasando y el profesor lentamente se fue ablandando como sucede a las habichuelas en el interior de una olla de presión. Primero fueron chistes a expensas de su lánguida figura; siguieron bromas acerca de su barba, su estatura, sus camisas que parecían ondear cuan bandera en el asta y su mirada que tornó de ruda a suplicante en tan sólo dos semanas. Cada travesura significaba una prueba para el nuevo profesor de inglés y no pudo aprobar ninguna. Los últimos tres días fueron el colmo de los colmos: los alumnos se ponían de pie e iban de un lado al otro del salón sin pedir permiso, si el "teacher" daba la espalda para escribir en el pizarrón, corría el riesgo de ser bombardeado por todo tipo de misiles: papeles, tizas y hasta borradores de los que usábamos en la pizarra y que él nunca encontraba en su lugar al llegar al aula. Decidí retirarme voluntariamente de la ejecución de travesuras, porque todo aquello representaba la exageración superlativa de la desobediencia estudiantil. Mis compañeros me tildaron de desertor, pero eso no me importaba, no sólo porque el profesor ya la estaba pasando exorbitantemente mal sino también porque mi padre jamás concebiría de buen modo si llegaran a darle tales referencias de mi conducta escolar. Además, las travesuras en manadas, carentes de incógnitas y presenciadas por todos, no formaban parte de mi repertorio. Así que llegó el día esperado, a casi un mes de su llegada a aquel campo de batalla, luego de un papelazo en la parte trasera de su cabeza,  el profesor volteó a mirarnos y comenzó a hablar pausadamente, pero no pudo prolongar su discurso por mucho tiempo. Dijo que éramos el peor curso de su historia de docente, que sentía vergüenza de lidiar con tales trogloditas y que él ya no podía aguantarnos un día más… entonces se puso a llorar desconsolado. El curso estalló en vítores de celebración estruendosa cuando el teacher de inglés salió apresurado y cabizbajo de aquel salón. Los genios del desorden celebraban una victoria más, pero yo no celebraba. Sabía que pagaríamos caro aquella osadía, que la directora Catalina Manzueta no nos exoneraría los castigos en el futuro cercano y que nuestros padres recibirían notas de invitación para escuchar sobre las conductas inapropiadas de sus vástagos. Por tales razones me había cambiado de asiento desde hacía una semana y media,  ubicándome tranquilamente en el lado en que se sentaban las chicas tranquilas y recatadas y los chicos buenos que nunca participaban en ninguna cosa mala. ¡Ay sí!, sabía que las cosas cambiarían en los próximos días. Mientras pensaba todo aquello, con la algarabía de varios de mis compañeros de fondo, observaba como se alejaba, con rumbo a la dirección, quien quedaría eternamente plasmado en la historia de nuestro colegio, bautizado con la lapidaria frase de: "el profesor que lloró".


domingo, 21 de mayo de 2017

Empapado de ti.

Y caminé bajo la lluvia escuchando el repicar de cada gota en el pavimento tan mojado, y cada repicar bailaba al compás de los demás para decir tu nombre y describir el aroma de tu perfume que se resistía a escurrirse de mi piel.

La lluvia intentaba adueñarse de mis sentidos: de mi gusto, de mi tacto, de mis oídos. Estaba celosa de ti y del aroma que permanecía intacto sobre mí. Tu fragancia abrumadora que conservaba la tibieza que se había mudado a mi epidermis horas y horas y el agua se evaporaba al rozarme, ¡tan tibio me has dejado!, nada podría enfriar mi existir. Pero la lluvia insistía, quería hacerse dueña mía, y entraba en mi boca con ráfagas de viento, pretendiendo enjuagar mi paladar y robar el sabor de tus besos que estremecían el entorno por el cual debía caminar, haciéndome querer volver sobre mis pasos, correr a tu lado, fundirme en tu abrazo… ¡Pobre lluvia soñadora!

Y arreció el aguacero, se confabularon las nubes para borrarte de mí. Tanta agua caía que en un instante deduje que ya te olvidaría, que la magia de tu aroma se desvanecería y la lluvia sería la única dueña mía.

Pensamiento fugaz, cometa vacilante que ilumina el firmamento de los corazones húmedos de perfume enamorado, chispa destellante que enciende el fulgurante escenario que yace oscuramente silencioso bajo el telón y así, como rayo fulminante, como trueno estruendoso que retumba, así llegó de nuevo tu fragancia a mis sentidos, tu sabor a mi boca, tu dulce voz a mis oídos.

Y se impuso tu amor una vez más despejando los densos nubarrones y pintando estrellas por doquier… ¡amor de mujer!

Y el viento se volvió tierna brisa que susurraba tu nombre y fue tu amor el arcoíris que condujo mis pasos al tesoro de recuerdos duraderos.

Vendrán otros aguaceros, otras lluvias buscarán arrancarte de mí… ¡insensatos aguaceros! Esta noche tengo el gusto de tu ser en mis papilas gustativas, el aroma de tu perfume en cada poro y el dulce canto de tu voz en mis oídos… tan profundamente estás en mí… esta noche dormiré empapado de ti.

Dudas de mujer.

Musitas a mi oído que eres mía y esperas que responda de igual manera. Si callo deduces frialdad en mis sentimientos, si hablo no consigo que veas, que percibas, que creas.  Si acaso me has querido… quizás lo he merecido. Si mañana me has olvidado… posiblemente me lo habré ganado.

Hablarte de amor sin definiciones lo intenté, sin convencerte, una y otra vez, tanto te quise, tanto te amé. El resultado estaba a la mano tan pronto planteamos la ecuación… te amaría toda la vida si sólo me dieras un trocito de tu corazón. Desvestiría tu silueta con inquietas miradas cada mañana y cobijaría tu alma de verdades transformadas en claveles… si lo quieres.

Nada busco, nada espero, tenerte sobrepasa lo más ferviente de mi deseo… y tú todavía dudas si te quiero.

Es la naturaleza corazón, ¿es vano  soñar cambiarla para ti? Pídelo, haz que haga lo que tú quieras, si tus labios ordenan podría hacerlo de diversas maneras, pero sólo si te entregas. Haría que me creyeras, que vieras en mis ojos la desbordante pasión que provoca tu ser a mi existencia… verías en mi piel que cada poro es una fuente de amor que interpreta canciones de sudor para tus oídos y notarías en todo mi ser que aspiro a vivir la vida entera sólo contigo.

Aspiraciones vanas las mías si alguna vez tienden más que ahora a desaparecer por el poder de las dudas de mujer.

miércoles, 26 de abril de 2017

Inescrutable comunicación humana.

La comunicación entre seres humanos suele ser profundamente inescrutable. Hay siete mil millones de personas en el mundo y cada una posee al menos dos o tres formas diferentes de decir lo que quiere, entonces existen entre catorce a veintiún mil millones de formas distintas en que se puede aplicar la comunicación. Aunque parezca un cuento de ciencia ficción.

Indescifrable hora.

Esta es la hora más indescifrable para mí, porque si quiero irme a dormir, sabiendo que son casi las cuatro de la madrugada, lo hago a sabiendas de que posiblemente despierte alrededor de las nueve, tomando en cuenta que abrazaré el sueño dentro de media hora o cuarenta y cinco minutos a partir del momento que apague el computador.  Llegan las tentaciones de seguir despierto y escribiendo hasta el amanecer e irme a dormir cuando sean casi las diez, con lo cual no tengo un solo inconveniente, pero el resto del planeta sigue funcionando igual sin  inmutarse y sin siquiera notar mi ausencia... y hay cosas que hacer. Si despierto a las nueve de la mañana y realizo mi rutina de ejercicios, tomo una ducha y cumplo con mi deber ciudadano de desayunar con tranquilidad y sin frugalidad, pues ya serán las once y me quedará solamente una hora para tratar de arreglar el mundo: cotizar, legalizar, indagar, imprimir, etc. Sí, porque al mediodía los dominicanos almuerzan y el mundo se vuelve lento por lo menos hasta las dos pasado meridiano. El asunto es que tampoco aspiro a la existencia de un mundo paralelo en el que la mitad de la gente sea tan nocturna como yo. No, no, no, no, no. Eso significaría la posibilidad de que a esta misma hora la calle estuviera llena de ruidos y no podría concentrarme igual a la hora de escribir. Por eso vivo sin dilemas. Disfruto cada día la novedad de descubrir que cuando son casi las cuatro es la hora más indescifrable para mí.

sábado, 25 de febrero de 2017

Besos apasionados.

Admiro hasta el silencio que complaciente acepta regocijado haber sido sentenciado a venerar tus besos apasionados.

Besos imponentes resueltos a levantar prohibiciones, otorgándoles la libertad de existir…porque sí.

Quebrantadores de cadenas, incendiarios de amarras, llaves de candados oxidados destinados  a quedar pulverizados al roce de tus labios encantados.

Enigmas solitarios renuentes a mostrarse accesiblemente abiertos hasta reconocer el poder por ellos impuesto.

Interrogantes insondables e impacientes, vibrantes oscilaciones penetrantes que apaciguan el aliento y lo reviven.

El tiempo se rinde tiernamente abandonando engañosas voluntades opositoras a tales beldades.

Y resucitas anhelos perecidos en combates incomprendidos, incompetentes buscadores de luz iluminados por el faro que eres tú.

Tuyo es el espacio: que cura , que anima, que da vida… ¡bendiciones por el cielo concedidas!

Pues un solo cabello no ha caído al suelo sin ser por Dios autorizado... ha sido él y no el hombre quien concedió a tus labios la virtud de ostentar besos tan apasionados.

miércoles, 22 de febrero de 2017

Cada día es su propio día. (Cuento breve).

Miércoles le preguntó a Martes: "¿por qué será que siempre tengo que hacer las cosas que tú has olvidado o no terminaste? Me agradaría que aclararas esa cuestión". Martes quedó pensativo por un momento y luego dijo: "Tendría que hacerle la misma pregunta a Lunes. Es más, eso haré y mañana te digo la respuesta". En esas quedaron y cuando Martes habló con Lunes, este le respondió que Domingo asistía a la iglesia en las mañanas y en las tardes organizaba los oficios pendientes de Sábado para transferírselos a él. Tras una prolongada insistencia de

-Lunes, Domingo accedió a consultar el asunto con Sábado a lo que este replicó: "Viernes a menudo se pasa de contento, quiere fiestear y bailar desde temprano en la tarde y como yo tengo que limpiar, lavar y recoger todo el desorden que ustedes dejan, pues debo delegar el encargo que me queda. Pero le reclamaré a Viernes sobre su actitud tan gozosa". Viernes, al ser cuestionado sobre el particular, contestó que no creía conveniente él cambiar su naturaleza, porque esa forma de ser le había permitido tener popularidad con la gente y que al fin y al cabo fueron ellos, la gente, quienes lo hicieron ser como él es. Añadió que Jueves le enviaba tantos compromisos que ni loco que él fuera podría pretender cumplirlos todos, por eso precisaba apoyarse en sábado irremediablemente. Motivado por la inquietud de Sábado, Viernes invitó a Jueves a una fiesta sorpresa que tenía y decidió inquirir acerca del tema que los demás días andaban indagando. Jueves, algo incómodo al verse interrogado por Viernes, aseveró que el responsable de todo era Miércoles, ya que cada vez que se veían le encomendaba un cúmulo inmenso de trabajo y por más que él se empeñaba nunca lo terminaba. No satisfecho con explicar a Viernes lo que sucedía en sus horas, Jueves comunicó a Miércoles seriamente que ya no quería seguir realizando sus faenas pendientes. Miércoles insistió en que fue él quien inició la reclamación y que no era justo que toda la culpa recayera sobre sus veinticuatro horas de existencia, armando un gran alboroto. Los días se amotinaron, exigiendo la intervención de la supervisora, doña Semana, para que les diera una explicación, esta fue corriendo a la oficina de don Mes quien llamó de manera urgente a Año para que solucionara la calamitosa situación. Año se presentó pausadamente al lugar y todos quedaron sorprendidos de lo calmado que lucía al iniciar su conversación. "Debo decirles queridos días que la experiencia que hoy están viviendo lo hablamos hace siglos nosotros los años con el señor Tiempo y en la actualidad cada año cumple su tarea invariablemente alegre y disfrutando el supervisar los 365 días que nos toca trabajar. No nos quejamos, primero: quejándonos nada ganamos; segundo: invertimos nuestra energía en cumplir a cabalidad nuestra responsabilidad y en eso encontramos satisfacción; tercero: nos sentimos dichosos detener la oportunidad de servir a la humanidad los 365 días que representan cada uno de ustedes y la única manera en que seremos conmemorados y ocuparemos un lugar en la historia de los hombres es si creamos grandes obras y las fabricamos con excelente calidad, de lo contrario permaneceremos sepultados en el baúl del olvido… Como entenderán, el resultado de lo que somos es lo que nos da la importancia por la cual seremos recordados". Los días se pusieron de pie emocionados y paulatinamente comenzaron a aplaudir el discurso del señor Año y se abrazaban entre ellos mientras se pedían disculpas y exhortaban a sus compañeros a seguir compartiendo sus labores, pues estarían orgullosos de finalizarlas. Desde aquel día nada similar ha ocurrido entre los días, porque adoptaron como una tradición el hacer las cosas eficientemente bien, anhelando en sus corazones pasar a la historia y ser inmortalizados como días maravillosos en los cuales quedó claramente plasmado el fruto de sus trabajos.

Moraleja: cada día es su propio día y aunque nadie quiere dejar para mañana lo que puede hacerse hoy, ninguno piensa que está haciendo el trabajo del otro sino que está haciendo lo que le corresponde, entendiendo que cada día trae su propio afán.

miércoles, 8 de febrero de 2017

Maestra vida: sabia amiga.

Si intentaras imponer a la vida tu criterio propio en torno a cada cosa que ella te presenta, entonces estarías actuando como el niño que en la escuela sólo quiere que el profesor imparta la asignatura que él prefiere y pase por alto aquellas que le desagradan o no entiende. La vida es esa maestra que nos instruye, nos guía y nos muestra el rumbo por el cual nos conviene transitar. Con la vida debemos armonizar, nunca luchar.

Es imprescindible aprender a leer las señales de la vida cuan marineros en alta mar, maniobrando las velas de nuestra goleta hasta lograr que el viento nos propicie el navegar firmes, con rumbo fijo. Daremos fondo con el ancla en cada parada del camino e izaremos de nuevo las velas hacia la meta que hemos elegido, cruzando el océano victoriosos hacia nuestro destino. ¡Bon voyage amigos!