lunes, 17 de septiembre de 2018

Mi amigo Juan.

A mediados de los años ochenta ocurrieron grandes cambios en la cultura general de la República Dominicana: la música, modas, el aumento de la emigración dominicana a playas extranjeras y un supuesto nacimiento de la verdadera democracia en nuestra nación, fueron algunos de los giros más trascendentales de la época. Sin embargo, hubo un factor determinante que selló el destino de la isla quisqueyana y que aún prevalece hasta nuestros días: la pobreza alcanzó niveles alarmantes y la desigualdad social se tornó tan evidente como el sol tropical que broncea la piel de cada dominicano en su diario peregrinar. La revuelta social ocurrida en abril de 1984, luego de la firma del gobierno dominicano con el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.) que provocó que los alimentos de la canasta familiar elevaran sus precios por las nubes, razón por la que el pueblo se lanzó a las calles a protestar y miles de dominicanos perdieron sus vidas a manos del ejército que debía protegerlos. ¡Una masacre despiadadamente bestial! Después de aquel abril el pueblo dominicano nunca volvió a ser igual. Pasamos colectivamente de ser una nación valiente, unida y armoniosamente feliz a ser un grupo de personas que lucha individualmente por sus propios intereses sin importarle demasiado el porvenir de los demás. Fue así como la pobreza desempacó sus maletas y se mudó de forma permanente a las calles de Santo Domingo, mi ciudad natal, e invadió las riberas del río Ozama.
Confieso que hasta aquellos días yo pensaba que ser pobre significaba que no podían comprarse objetos de lujo ni estudiar en colegios privados ni exhibir joyas u otros adornos que costaban mucho pero valían poco. Sí, a mis catorce años de edad ignoraba cuan pobre podía ser un dominicano… me tocó averiguarlo de mala manera. En el equipo de natación al cual yo pertenecía entrenaban jóvenes de diversas clases sociales, pero uno no se enteraba de la condición real de cada cual porque todo lo que usábamos era un traje de baño deportivo y nada más. Algunos usaban gorros, otros entrenaban con chapaletas de vez en cuando, pero en el agua todos éramos iguales y nadábamos por nuestro equipo, por nuestro deporte y por nuestra nación. Uno de mis compañeros de equipo, de nombre Juan Manuel, con quien me llevaba muy bien, tenía el privilegio de competir con los mejores atletas en el grupo de once a doce años de edad y de verdad que daba gusto verlo nadar. Nadaba con agallas e imprimía coraje a cada brazada. ¡Ese chico sabía hacerse respetar! En las competencias obtenía medallas y buenos lugares que ponían en la pizarra de posiciones al nombre del equipo que representábamos y me sentía orgulloso de tenerlo por amigo. En cierta ocasión Juan Manuel faltó a prácticas por más de una semana y eso no era normal. Pasados los primeros días comenzamos a extrañarlo y fue allí cuando me di cuenta que en realidad no sabía su dirección correcta ni su número telefónico y por lo tanto no sabía cómo contactarlo. Es que pasábamos tantas horas entrenando en la piscina que casi ni teníamos tiempo de hacer otras cosas que no fuera hacer las tareas de la escuela. La competencia nacional se acercaba y Juan Manuel no daba señales de vida, así que le comuniqué a mi entrenador que indagaría acerca de su paradero a lo que él asintió. Preguntando a algunos de los muchachos de otros equipos supe que Juan Manuel vivía en la calle 29 del ensanche La Fe. Caminé hacia aquel sector, porque estaba cerca del centro olímpico Juan Pablo Duarte, lugar donde quedaba la piscina en la cual entrenábamos. Después de mucho preguntar llegué a una casucha de madera algo desvencijada y pensé que me habían suministrado la dirección equivocada. Penetré por un callejón que conducía al patio trasero de aquella maltrecha vivienda y, debajo de un árbol, sentado en una banqueta, cabizbajo y pensativo, encontré a mi amigo. Al principio miró incrédulo hacia dónde yo me encontraba, acto seguido se puso de pie y corrió a mi lado dándome un fuerte abrazo mientras me preguntaba qué buscaba por aquellos lares. Obviamente no se creía merecedor de que alguien lo fuera a buscar. Abría los ojos sorprendido al escuchar que todos en la piscina lo extrañaban y preguntaban por él, que todos lo habíamos echado de menos. Llegó el momento de preguntarle por cuál razón había faltado tantos días y mientras escuchaba las palabras que le decía él miraba incesantemente hacia una puerta abierta en la parte trasera de la vivienda en la que su familia habitaba. No pude evitar voltear a mirar lo que llamaba su atención sólo para descubrir que la puerta conducía a una pequeña habitación que parecía una cocina. Al voltear de nuevo en dirección a mi amigo lo encontré mirándome a los ojos y me dijo en tono solemne: "En esa cocina no se ha encendido ni un anafe en esta semana". Me costó trabajo asimilar lo que escuchaba, porque en el fondo de mi alma no quería creer que mis deducciones fueran ciertas. Juan Manuel se desbordó contando su tragedia como si estuviera necesitado de ser escuchado. Dijo que comía por la caridad de una que otra vecina que a veces le pasaba un plato no muy grande con algo de comida, que se acostaba sin cenar y pocas veces desayunaba, en fin, que la vida era muy dura y cruel con él. Al final confesó que amaba la natación pero que el hambre era más fuerte que cualquier deporte. Yo no estaba preparado para aquel escenario y en ese instante se me hizo un nudo en la garganta que me obligó a permanecer en silencio por unos minutos al lado de mi amigo. Rompí el hielo para decirle que lo entendía, que hablaría con el entrenador para ver qué podíamos hacer sobre su caso. Saqué el dinero menudo que traía en los bolsillos y se lo di a mi amigo, él me abrazó enternecido y nos despedimos mientras me acompañaba hasta el frente de su tan humilde hogar. Días después regresé a aquel lugar con la encomienda de hacerlo retornar a los entrenamientos porque el equipo lo ayudaría económicamente y se encargaría de que no pasara más hambre, pero no lo hallé. La familia de Juan Manuel se había mudado para el kilómetro 13 de la autopista Duarte. Conseguí su dirección y llegué a aquel sector todavía más humilde que el anterior. Encontré a Juan Manuel, pero él me dijo que ya no sería posible volver a entrenar natación. Había comenzado a trabajar en un taller de ebanistería con su tío y debía ayudar a su madre con el  sustento del hogar. Ni siquiera intenté convencerlo, su mirada decía que su destino estaba decidido. Le di algunos pesos que mi entrenador y yo reunimos para él. Los tomó agradecido y extendió su mano en señal de sincera amistad. Abracé a mi amigo por última vez y le dije: "Hasta luego Juan Manuel". Nunca más lo he vuelto a ver, pero desde aquellos días nació en mi corazón la firme decisión de luchar en contra de la desigualdad y en favor de la justicia social. Considero conveniente contribuir a la educación de los más necesitados y llevar el mensaje a mis compatriotas de que necesitan alejarse de los vicios: alcohol y juegos de azar, así como de todo lo que los aleje de un mejor porvenir. Ignoro cuántas de esas metas serán concedidas por Dios, pero mientras exista en este plano material confiaré en que la humanidad puede cambiar para convertirnos en una sola raza humana: solidaria, progresista  y unida. Con la ayuda de Dios, si es su voluntad, algún día lo podremos lograr.

domingo, 8 de julio de 2018

Cita ineludible. (Relato breve).

Humildad es la cualidad exhibida por un rey, rey de reyes para ser exacto, que tolera con estoica mansedumbre la insolencia de un funcionario gubernamental de quinta categoría que osa interrogarlo como si fueran iguales. Y este funcionario, un tal Pilato, profiere palabras  en forma cuestionadora acerca del título que ostenta su honorable interlocutor: "¿Eres tú el rey de los judíos?". ¡Cuánta insolencia en una sola persona! Ni siquiera le bastó que su propia esposa lo llamó detrás de la cortina para advertirle que en sueños había recibido la confirmación de que ese a quien él osaba interrogar de igual a igual era algo sagrado… venerable y que por tanto debía ser respetado. Y el rey contestó con cuatro palabras tan cortas como el pronunciamiento de quien intenta no ofender y prefiere impedir que su aliento atraviese el espacio comprendido entre sus labios y los otros oídos: "Tú lo has dicho". Eso fue todo lo que dijo, que él mismo lo había dicho, sabiendo que el ego de aquel funcionario de quinta categoría, subordinado a la administración de un paraje lejano, muy alejado de los grandes palacios del imperio romano, podía verse ofendido si intentara explicarle su origen y para qué vino. Y es que a veces mejor es callar la verdad si al otro no le interesa escucharla o no está preparado para hacerlo. De haberle dicho Cristo en esos momentos que todo el imperio romano era solamente una ligera insignificancia comparada con el reino que a él le tocaba gobernar, que no era rey de los judíos sino el rey de todos los reyes del universo entero, que había venido a  la tierra para salvarlo a él aunque se llamara Pilato, y no sólo a él sino a todos los romanos, judíos, árabes, asiáticos y a la humanidad en su totalidad… no, Pilato no lo habría entendido. Peor aún, seguro que la confusión dentro de su cabeza lo hubiera empujado a ordenar que trajeran dos sillas y unas copas de vino para ver si algún día pudiera entrar en él tanta sabiduría como la que de su interlocutor salía. Tal orden interrumpiría el cumplimiento de la profecía y no… eso nunca pasaría. Su cita con la muerte estaba sellada por el Todopoderoso, como una muestra de amor y misericordia por su creación… Cristo tenía una cita ineludible con la crucifixión.

jueves, 3 de mayo de 2018

Hormiguitas soñadoras.

Dos hormiguitas conversaban sobre los planes que tenían para sus vidas futuras. Una le decía a la otra: "Yo, cuando sea grande seré una hormiga trabajadora que tendrá su propio almacén en el cual guardaré muchas provisiones... aprenderé a construir hormigueros a prueba de lluvias y me haré famosa, todas las  hormigas me conocerán y querrán ser mis amigas... ¡sí, seré una hormiga famosa y muy conocida!". La otra hormiguita quedó callada y pensativa por largo rato, entonces la primera hormiguita le preguntó: "Tú qué piensas ser cuando seas grande", y la hormiguita le contestó: "Creo que seré amiga tuya y así todos querrán buscarme para llegar a ti cuando seas famosa". Ambas amiguitas quedaron mirándose la una a la otra sin decir nada y luego de un rato la primera hormiguita dijo: "Pensándolo bien... ^¿no te interesa que intercambiemos  nuestros sueños?". 



jueves, 19 de abril de 2018

El hombre que encontró la verdad (cuento breve).

Cierto hombre al que tildaban de ingenuo e idealista decidió recorrer el camino más angosto y empinado de la vida en procura de conocer la verdad. Se despidió de sus padres y hermanos, y salió de su pueblo con paso firme rumbo a lo que él creía su destino. En una de sus paradas conoció a una persona que le brindó su amistad. Como el hombre aprendió el valor que tiene un amigo de las enseñanzas de sus padres, quiso dar a aquella nueva amistad el mismo tratamiento que recibió de sus progenitores. Al principio congeniaron a la perfección, compartían recuerdos, risas y canciones, pero un día fueron contratados para realizar un trabajo bien remunerado en uno de esos pueblos del camino y ambos se empeñaron en cumplir con excelencia y rapidez con lo encomendado. Pronto el trabajo estuvo terminado y aquella noche celebraron y brindaron por el éxito obtenido. La mañana siguiente el hombre despertó y buscó a su amigo sin encontrarlo. Luego se enteró que el nuevo amigo había cobrado el pago del trabajo realizado y partió raudo y veloz con rumbo desconocido. Lamentó en su corazón aquel desenlace, mas, valoró la gran enseñanza que todo aquello contenía. Unos cuantos centavos significaban el precio de aquel falso amigo y al mismo tiempo le aseguraban al hombre que la amistad no siempre se cimentaba en la verdad. Sonrió optimista y siguió su camino. En otra de sus múltiples paradas la vida le presentó al amor de una mujer. A primera vista se conocieron y entregaron sus corazones el uno al otro. En poco tiempo llegaron a amarse con pasión y locura desmedida. Prometieron nunca separarse y amarse hasta el fin de sus días. Él complacía todos los caprichos de su amada, se esmeraba en tratarla como a una reina y llenaba su tiempo del amor que por ella sentía. Un día ella le pidió que le construyera una casa en la que vivieran para siempre felices los dos. Él quedó pensativo por largo rato sin contestar, al final le dijo que una construcción de esa magnitud le llevaría mucho tiempo y ella tendría que ser paciente y saber esperar. En realidad lo que él quiso decir a su amada fue que aún el palacio más majestuoso de la historia sería poco comparado al gran amor que por ella sentía. Pero ella no lo entendió. Al día siguiente, cuando el hombre regresó de sus labores, traía consigo los planos y el presupuesto para iniciar la construcción deseada por su amada. Encontró la casa sola y vacía. Ella se había marchado sin dejar siquiera una nota de explicación. Indagó en el pueblo y allí se enteró que en la historia de aquella mujer él ocupaba un número más de los tantos amores que se le habían conocido. Se sintió agradecido de haberse dado cuenta a tiempo y por un breve instante pensó que la dicha del cielo le había librado de construir un hogar en el que sólo la mentira reinaría. Siguió su camino y sonriendo pensaba que en todos lados descubría parte de algunas verdades, pero todavía no encontraba el significado más puro de la verdad. La más fructífera de las paradas la realizó en las afueras de un pueblo muy lejano, en una modesta casa de la cual veía entrar y salir a muchas personas. Preguntó a uno de los lugareños quién vivía allí y le informaron que el hombre más sabio de toda aquella región residía con su familia en aquel humilde hogar. Todos acudían a él cuando no sabían encontrar por ellos solos la solución de sus dilemas. El hombre celebró aquella noticia, por fin hallaría a alguien que le indicaría como llegar a conocer la verdad. Se dirigió a la vivienda del hombre sabio y se presentó ante él con una enorme sonrisa de satisfacción por conocerle. Creía con todas sus fuerzas que había llegado al lugar indicado. Cinco años de recorrer caminos y pueblos distintos, de conocer personas tan diferentes entre sí, de muchas alegrías y pocas tristezas, esperanzas y desconsuelos… sí, valía la pena recorrer el camino con tal de descubrir el verdadero significado de la verdad. Un anciano lo recibió sentado en una mecedora debajo de un flamboyán. Lo invitó a tomar asiento a su lado mientras le decía: "Adelante hijo, veo que ya llegaste". Las palabras del anciano llenaron de confusión al recién llegado, quien no pudo evitar preguntar si ya le conocía. El anciano le explicó que debía gran parte de su sabiduría a que siempre escuchaba con atención lo que la gente decía. Sí, sabía de un hombre que recorría los caminos intentando encontrar el verdadero significado de la verdad, y al verlo comprobó que encajaba con la descripción que escuchó repetidas veces sobre su persona. El hombre vaciló un instante pues ignoraba si sería prudente preguntar cuántas cosas más sabía sobre él. Permaneció en silencio unos minutos que parecían eternos y el anciano le dijo: "Pregunta sólo aquello a lo que puedas sacar algún provecho. Lo demás suéltalo al viento y si está de ti saberlo algún día te enterarás". El hombre platicó con el anciano largas horas hasta que llegó el anochecer. El anciano lo invitó a pernoctar en su vivienda, con su familia, y el hombre aceptó gustoso. Durante varios días escuchó al anciano conversar sobre tantos temas diversos lleno de sabiduría. Incluso le permitía escuchar asuntos que otros le planteaban, siempre y cuando esos otros estuvieran de acuerdo. Al cabo de varios días, el anciano comunicó al hombre que el momento esperado por él se encontraba próximo. Le entregó un sobre sellado y un mapa que contenía un atajo por entre las montañas que lo conduciría a su destino final con el significado de la verdad. Lo encareció a abrir el sobre solamente cuando llegara a su destino. Esa noche platicaron hasta bien entrada la madrugada y luego fueron a dormir. En la mañana, el anciano se despidió del hombre y le invitó a volver cuando quisiera, asegurándole que sería más que bienvenido a visitar de nuevo su humilde hogar. El hombre se despidió con un nudo en la garganta, sentía un cariño sincero por aquel sabio anciano. Se internó en los montes, subió montañas, caminó entre atajos y veredas, flores y malezas, ríos y arroyos… hasta que por fin llegó al lugar más hermoso que sus ojos jamás presenciaron. Por lo menos así lo veía desde lejos. Tuvo que acercarse mucho antes de comprobar que se encontraba de regreso en su pueblo natal. Se dijo a sí mismo que debió haber extraviado el camino en algún lugar. Sacó el mapa y verificó que ciertamente su recorrido correspondía con las indicaciones que el mismo contenía. Notó que su pueblo lucía cambiado. Existían nuevos negocios y plazas comerciales, las calles adornadas y extremadamente limpias le recordaban los días en que visitó grandes y lujosas ciudades en otros países lejanos. Estaba sorprendido… ¿Cuánto había cambiado su pueblo natal! Aprovechó que todos aún dormían para encontrar sin dilación su destino final. Al pasar por el parque municipal volvió a sorprenderse al leer en un enorme listón una frase que decía: "Bienvenido al pueblo del hombre que busca por el mundo el verdadero significado de la verdad". Estaba atónito, no cabía en sí de su asombro. Encontró un diario local en que se señalaban las virtudes de aquel pueblo al que proponían cambiarle el nombre por "El pueblo de la verdad". Hasta ese instante ignoraba que su búsqueda fuera tan conocida por la gente de su pueblo y mucho menos que había adquirido connotación en toda aquella región. Siguió cuidadosamente las indicaciones en el mapa y llegó a un espacio florido donde casi se desmaya de la sorpresa. Justo frente a él se hallaba erigida la casa que había diseñado para aquella hermosa mujer que conoció en un pueblo lejano. Sus padres y hermanos escucharon el rumor de que el hombre había regresado y fueron a encontrarlo. Le hicieron saber que unos años atrás, cansados de esperar su regreso, salieron a buscarlo y en el camino encontraron a un hombre quien se mostró arrepentido de haberle fallado a un verdadero amigo, les entregó una gran cantidad de dinero y les dijo que aquello era el fruto de las ganancias obtenidas de la inversión del dinero que ganó trabajando con su amigo; luego, en otro pueblo lejano, encontraron a una mujer que lloraba desdichada la pérdida del amor más grande que  había conocido y que no supo valorar. Ella les entregó los planos que aquel hombre dejó abandonados en la casa que ambos compartieron por varios meses. Con el dinero y los planos decidieron construir la casa para cuando el hombre regresara. El pueblo de la verdad preparó una inmensa celebración para su ciudadano más ilustre que se encontraba por fin de regreso en su tierra. Todos le agradecían la fama que aquel pueblo tenía gracias a su travesía. Recibían visitantes de todos lados deseosos de conocer al pueblo de la verdad, y sus negocios prosperaban sin detenerse debido al incremento en la economía que el turismo producía. El hombre se sintió regocijado de tantas buenas noticias que su camino había provocado. Al término de aquella celebración fue a descansar en la casa que él había diseñado y que sus hermanos construyeron para él con el dinero que aquel amigo les entregó. Se disponía a dormir cuando súbitamente recordó el sobre sellado que el sabio anciano  puso en sus manos con el mapa de la verdad. Buscó el sobre y lo rasgó a toda prisa, sentía curiosidad por saber su contenido. Extrajo del sobre un papel cuyas letras decían: "Querido amigo: ahora que estás de vuelta en casa y que has llevado felicidad a los tuyos, debo decirte que la verdad es y siempre será relativa. La verdad absoluta sólo la tiene Dios, pero hay una gran verdad en el interior de cada persona. Tu única gran verdad está dentro de ti. Mira en tu interior y podrás darte cuenta que en ti está la clave para ser feliz".

jueves, 22 de febrero de 2018

Lluvia ligera y fugaz.

Llueve... lluvia ligera, constante, callada… sin prisa de soltar el agua sobre la tierra, como si su naturaleza fuera derramar el líquido con serenidad, cuan jardinero parsimonioso riega las flores de un jardín.
Llueve lenta, tranquila, calmada… como si ella supiera que dentro de unas horas nadie la perturbará, se habrá evaporado de la tierra y ni una sola de sus gotas testimoniará su efímera existencia… su fugaz permanencia.
Solemne lluvia madrugadora, ¿quién tuviera la virtud que tienes tú?, y pasar por la vida sin anuncios ni reclamos, enalteciendo el sentido de vivir al brindar energía a las que esperan sembradas tu visita.
¿Quién diera a la vida tanta vida como la que das?, e ignorar la insolente realidad que insiste en señalar que mañana no estarás, que tus gotas se habrán ido, que no dejarás huellas… ni un solo vestigio de humedad.
Pero la grandeza no es para simples mortales ni para las cosas inanimadas y perecederas, lo sabes y te alegra saberlo lluvia ligera.
Y el intenso vivir que te alienta a regalar sin esperar es la misma intensidad que te asegura la eternidad, porque siempre vivirás, y pensar que habrá quien crea que eres sólo una lluvia ligera y fugaz.

martes, 30 de enero de 2018

Todo es filosofía.

La filosofía es la madre de todo conocimiento que alberga el hombre. Todo lo que existe contiene una filosofía, una razón de ser… he ahí el detalle, la filosofía es la razón de ser de todo lo que sucede. Por ejemplo: un individuo que sale a la tienda a comprar una camiseta azul, porque ese es su color favorito y le hace sentir bien vestir prendas con ese color… eso es filosofía; una doñita que no deja a sus hijas adolescentes usar pantalones cortos, porque piensa que eso no es cosa de mujeres serias… eso es su filosofía de vida, una filosofía moralista en la que ella cree y sobre la cual ha racionalizado; un señor que piensa que el ahorro es la forma correcta de garantizar un mejor futuro y otro que piensa que la vida hay que disfrutarla y no estar guardando para mañana lo que se puede gastar hoy, aunque ambos sean amigos, tienen distintas filosofías, es decir, distintas maneras de ver la vida. Al final todo es filosofía, a veces profunda, otras veces superficial, pero todo es filosofía.

domingo, 28 de enero de 2018

Ni bien ni mal.

La vida simplemente es y nada más. Es una amalgama de colores, trillones de pensamientos de todos los seres humanos y un mundo soberanamente hermoso  que para nosotros fue creado. Juzgar cada acción que hagan los demás es algo a lo que le veo poco provecho: observo, si puedo aprendo y si creo que no conviene lo esquivo y lo dejo pasar. Considero que sería una verdadera pérdida de tiempo el vivir juzgando lo que está bien o lo que está mal.

sábado, 13 de enero de 2018

Limones de alacena

Esta historia ocurrió en la alacena de la cocina de un restaurant chino cualquiera en la que había un rincón al que llamaban "la Limonera". Un limón gritó a otro limón: "Mira tú limón, sí tú, que hasta medio amarillito estás, ¿tú no crees que va siendo hora de que dejes de esconderte cada vez que viene el cocinero?". El limón no se dio por aludido y rodó despacio alejando su redondez de aquel molesto limón. "Es contigo que estoy hablando limoncito, ¿para dónde crees que vas?, tú crees que yo no sé lo que te propones, que te pasas todo el tiempo agachándote y escondiéndote desde que abren la alacena para que el chinito no te vea; y sacan limones, sacan limones, sacan limones, pero tú sigues aquí… ¡será mejor que te pongas donde el chinito te vea!". El otro limón, con aire de timidez contestó al limón que lucía exacerbado: "¿Te diriges a mí?", a lo que el primero contestó con marcada ironía: "no, no, no, estoy hablando con la canela". El tímido limón suspiró algo confundido: "¡ah!, perdón, pensé que era conmigo… es que como te oí gritar la palabra limón…". "Mira limoncito, no te hagas el bobito, sabes bien que es contigo el asuntito" –gritó el limón exacerbado, mostrándose cada vez más enfadado. El tímido limón contestó: "pues yo sólo hago lo que hace un limón de alacena, todos quieren vivir y ser felices y hago lo mismo hasta donde pueda, ¿qué hay de malo en querer seguir viviendo esta vida limonera?". El limón exacerbado replicó: "¿Que qué hay de malo? ¿Que qué hay de malo? ¿Te parece poco que hayas sobrevivido a tantos y tantos buenos limones cuyos destinos han ido a parar a ser parte de algún condimento, un brebaje raro o hasta en la mascarilla que la chinita se pone en la cara? ¡Eso es humillante! O… cuidado si te has llegado a creer que eres un limón de verdad, un limón que vale la pena". El tímido limón replicó: "hasta donde yo tengo entendido sí soy un limón igual que tú". El limón exacerbado se enfureció al escucharlo hablar y gritó a todo pulmón:"¿¡igual que yo!? ¡Debes estar loco! Yo sí que soy un verdadero limón, mírame nada más, que cáscara tan verdecita tengo, tan suave y lisita… tan redondita. Yo sí soy un limón, un limón lleno de agrio y acidez, con mi familia han preparado jugos para presidentes y  gente importante. Dizque igual que yo, dizque igual que yo. Yo que soy un limón con poca semilla y mucho jugo. Yo quisiera que abran esa alacena otra vez y te escondas de nuevo, te voy a sacar todas las semillas de un solo trompón, te voy a exprimir de un apretón, te voy a…". En ese momento abren la alacena y una mano agarra al limón exacerbado que cambia su tono de irritado a asustado: "Chinito, chinito ¿por el dios de los limones, ¿qué estás haciendo chinito? No es a mí a quien le toca, es aquel limón medio amarillito, dile limón, dile limón… limóóóóón". Así fue como se llevaron al exacerbado limón y lo exprimieron dentro de un caldero en que prepararían un arroz con camarones. El tímido limón siguió escondiéndose en la alacena hasta que se puso tan amarillo y maduro que un día el chinito lo sacó y lo arrojó al patio donde sus semillas la tierra cubrieron y con el tiempo nació un limonero.
Moraleja: deje de interesarse por la vida de su vecino y ocúpese de los asuntos de su propia vida antes que el tiempo lo exprima.

lunes, 8 de enero de 2018

Te invito a regalar vida.

¿Sabías que tienes el poder de regalar vida? Sí, lo tienes, es parte de las grandes cualidades que posees, pero tienes que saber usar dicho poder. Lo primero es que cuando regalas vida no estás regalando algo que tienes guardado, no es algo tuyo privado ni le estás restando energía a tu vida sino todo lo contrario. Cuando regalas vida a otros seres vivientes también le regalas vida a tu propia existencia. La vida es esa energía cósmica que circunda el universo y está por todos lados: es energía pura, gratuita y eterna. Pero, ¿cómo regalamos vida? Cada gesto, acción, obra o pensamiento que ejecutamos es una oportunidad para regalar vida, es sólo cuestión de hacerlo con amor y buena voluntad, con deseo sincero de servir y creyendo firmemente que hasta el más pequeño de tus pensamientos tiene el poder de llevar salud, fortaleza, consuelo y alegría a aquellos en quienes piensas y a la humanidad en sentido general. Cuando sirves a tus semejantes de buen modo y con agrado, estas regalando vida y energía, porque aumentas el valor de sus existencias y consecuentemente aumentas el valor de tu propia vida. Una sonrisa, un "buenos días", un estrechar manos o llevar a cabo con agrado tu trabajo, todas son oportunidades de regalar vida y de sembrar vida a tu alrededor. En este día, recuerda y tenlo presente, cada una de tus acciones es una magnífica oportunidad de regalar vida.

sábado, 6 de enero de 2018

El niño que no creía en Reyes Magos. (Microcuento)

Los tres Reyes Magos: Melchor, Gaspar y Baltasar, llegaron en sus camellos a la casa de un niño que se había portado medianamente bien durante el año pasado. Le llevaban un trencito de madera y un  camión de bomberos de los que se manejan a control remoto. Debajo del árbol de navidad encontraron un sobre cerrado dirigido a ellos y dentro del sobre hallaron una nota escrita a mano que decía: "Queridos papá y mamá, ya tengo nueve años de edad y no creo en los Reyes Magos. Sé que son ustedes quienes me compran mis juguetes y regalos, así que por favor les pido que me dejen un trencito de madera y un camión de bomberos a control remoto. Los quiero mucho, su hijo". Melchor, Gaspar y Baltasar se pusieron muy tristes porque aquel niñito no creía en ellos y, luego de revisar el código de los Reyes Magos, comprobaron que les estaba prohibido dejarle regalos a los niños que ya no creían en ellos. Fue así como salieron de aquella casa sin dejar juguetes y nunca más volvieron por ahí.

Moraleja: si no te dejaron los reyes, seguramente hace rato dejaste de creer en ellos.