jueves, 20 de febrero de 2014
Ismael... Una vez más.
jueves, 23 de enero de 2014
Sweetheart Tonight. Ismael De La Cruz.
Quiero a Laura; Ismael De La Cruz.
Que viva el amor; Ismael De La Cruz.
Seductora Madrugada.
miércoles, 4 de septiembre de 2013
El Teatro a los pies de Cristo.
El poderoso imperio romano dominaba absolutamente todo en las regiones aledañas a Judea. Los tributos que debían pagar los judíos al César (Mateo 22:16-21) mantenían oprimidos a los hombres y mujeres menos privilegiados de toda esa región y por si fuera poco tenían la Ley de Moisés, interpretada a su manera por los fariseos (Mateo 23:2-4) y saduceos que representaban la supuesta teocracia que caracterizaba la forma de vivir de los descendientes de Abraham. Herodes, rey de Judea en tiempos del nacimiento de Jesús (Mateo 2:1), impuesto por los romanos al pueblo israelí, provenía del linaje de los edomitas, descendientes de Esaú, razón suficiente para que el pueblo judío considerara una ignominia el hecho que un extranjero fuera su rey. Sumado a la matanza de niños inocentes que Herodes había llevado a cabo en procura de matar a Jesús (Mateo 2:16)… era más de lo que un pueblo tan orgulloso como Israel podía soportar: Más de seis décadas de dominio romano; un procurador, Poncio Pilato, al servicio del imperio y sobre quien reposaba la ejecución de las leyes; hambre, plagas y el desconsuelo de un pueblo que veía cada día como sus esperanzas se perdían en el vacío de aquel panorama tan desolador.
Así se mostraba el ámbito donde Jesús nació, creció y, ya de adulto, puso en marcha su ministerio de predicación del evangelio acerca del reino de Dios. Era de esperarse que muchos, al escuchar acerca de la llegada del Mesías, pensaran que serían librados del yugo romano, que todas las cosas cambiarían de repente y encontrarían reconciliación con el Dios de sus antepasados. Muertos fueron resucitados, paralíticos se ponían de pie y caminaban, leprosos eran sanados, ciegos que veían, demonios expulsados y la multitud que seguía al Salvador (Lucas 7:21-22; Juan 6:2). Una multitud tan grande que preocupaba excesivamente a los principales de las iglesias que controlaban la religiosidad impuesta al pueblo en el nombre de Dios. Aquellos milagros fueron muestras de misericordia del Mesías. No eran las señales que pedía la generación adúltera de fariseos y saduceos (Mateo 16:4), tampoco una necesidad del Señor por mostrar su poder. Aquellos milagros manifestaban el amor de Dios para con sus hijos, la salvación dada por gracia a todo aquel que reconocía en Jesús al cordero de Dios que profetizaban las escrituras (Isaías 53:7) y se rendían ante sus pies como muestra de adoración. Una muestra indeleble del amor de Dios.
Hoy en día, más de dos mil años después de la llegada del Mesías, quedan criaturas en el mundo a quienes no ha llegado el anuncio de las Buenas Nuevas, aún quedan personas que no han tenido la oportunidad de conocer a Jesús resucitado e ignoran el sacrificio de su sangre derramada en la cruz para inutilizar cualquier sacrificio posterior, porque todo quedó consumado en la cruz del calvario (Juan 19:30). La gran comisión nos fue encomendada (Mateo 28:18-20), los que conocemos el amor de Cristo para su pueblo sabemos que sigue siendo una muestra de su amor el concederles a todos los que en él creen, la oportunidad de alcanzar la salvación mediante el perdón de los pecados y la seguridad de la vida eterna (Juan 3:15-16 y 36).
La dramaturga y actriz dominicana Soraya Guillén ha puesto su talento a las órdenes del Creador. Llevará, entre el 12 y el 15 de septiembre, el poder de la predicación al Teatro Monina Solá. Serán cuatro funciones en días seguidos que dejarán plasmadas huellas en los espectadores de cada una de ellas, porque la palabra de Dios nunca regresa vacía de ningún lugar a donde es dirigida. La hora convenida es las 7:00 PM, usted tiene una cita especial con la palabra de Dios en la obra teatral: "Hoy he tocado su manto", de Soraya Guillén. Los milagros de Cristo nunca se han detenido, es asunto nuestro que toda criatura se entere del camino que conduce a la única verdad que tiene esta vida… el amor del Creador.
Temas relacionados: Escudo y adarga; verdad de Dios; Hoy he tocado su manto; Yo soy la zarza; Ruth la moabita; ¿En verdad existe Dios?; Una mujer llamada Esther; Dominicanos, el pueblo de Dios.
sábado, 17 de agosto de 2013
Inspiraciones de la Luna.
viernes, 16 de agosto de 2013
El conquistador del cielo.
Lo meditó un par de días, tres o cuatro ¡No lo sé! Supo que no esperaría que el tiempo decidiera por él, solo se fue. Tomó la mochila en que algunas veces transportó las cosas más importantes de su vida y empacó algunos "amigos"para el viaje: un libro, unos papeles y un puñado de recuerdos de esos que llaman fotografías. Su objetivo sería conquistar el cielo aquella tarde, hablaría con las nubes y les confesaría sus más íntimos secretos… sus amores, sus alegrías, sus ilusiones y pasiones. Ellas entenderían, se decía, ¿Para que sirven las nubes sino para escuchar secretos que nadie más sabía? El tiempo fue su aliado pues no sintió que pasaba, simplemente allí estaba. No sintió sorpresa ante la espectacular imagen que sus ojos contemplaban, sentía que todo aquello ya le pertenecía… el tiempo, el viento, las nubes, la vida… Todo le pertenecía.
Escuchó murmullos que a su espalda preguntaban acerca del intruso que llegaba. Sin pretender ignorarlos tomó el sillón que las aves prepararon con delicadeza para el recién llegado y se dispuso a narrar entre versos y prosas todos los acontecimientos que habían ocurrido desde su último encuentro. Se dio cuenta que no le recordaban, pero no leimportó, siguió narrando pausadamente y observó como todo cambiaba a su alrededor. Lo estaba consiguiendo. Sintió que encajaba perfectamente con la nada y el vacío cuando les dijo: "Todo esto es mío".
La noche llegó callada y se sentó a su lado, a ella le contó sobre sus momentos más apasionados. Logró que la luna se ruborizara y que más de una estrella suspirara al escuchar sus aventuras pasadas. El tiempo volvió a ser su aliado.
Por momentos pensó que la despedida había tomado vacaciones, más se equivocaba. Lo esperaba a la puerta sintiéndose culpable del trabajo que, antes de aquel momento, con indiferencia realizaba. Él le otorgó una mirada compasiva y se puso de pie. No quería hacerla sentir como una intrusa usurpadora de la dicha que le embargaba, saldría con la misma gallardía con la que había llegado.
Lágrimas y sonrisas adornaron su partida. Les prometió a todos que volvería ¿Cuándo? Eso no lo sabía. Pero volvería.
A nadie contó que aquel fue el día, la tarde y la noche, que el cielo fue por él conquistado.