miércoles, 24 de julio de 2019

El gato Paco y Tito el perrito.

Tito el perrito ladraba juguetón correteando tras las mariposas entre las flores del jardín. Desde fuera de la verja lo observaba Paco, un gato callejero amante de la libertad. Paco le dijo a Tito: "Perrito fanfarrón, haciendo tanto ruido sin darte cuenta que eres un preso en esa mansión. Por eso prefiero vivir en libertad". Acto seguido dio la espalda y siguió su rumbo indefinido por la vida. Tito quedó pensativo por largo rato y se preguntó si en realidad era tan buena la libertad que Paco vivía. Luego volvió a sus carreras juguetonas hasta que se hizo de noche, cenó al lado de sus amos, y fue a dormir a su pequeña casa en el jardín. A medianoche Tito despertó sobresaltado. Miró a una doña arrojándole una cubeta de agua a Paco desde una ventana, mientras lo maldecía por emitir tantos maullidos. Paco corría despavorido por el borde superior de las paredes, maullando y jadeando asustado. Luego un señor abrió otra ventana y golpeó a Paco con un zapato que arrojó con todas sus fuerzas. Paco cayó malherido en el patio del vecino donde un perro enorme lo persiguió hasta que al fin pudo salir saltando entre rejas y paredes. Tito no salía de su asombro. Unos minutos transcurrieron y la noche volvió a ponerse en calma. Tito se acomodó en su casita, buscando retornar a su sueño, y no alcanzaba a comprender por cuál razón algunos seres aman las cosas que le causan tanto daño.

miércoles, 17 de julio de 2019

Sueños de papel.

Fue el color plateado de sus alas lo que provocó en él esa sensación de plenitud que sólo alcanzan aquellos seres cuya autenticidad está por encima de todo. Se dijo a sí mismo: "Puedo volar e irme bien lejos… conocer el mundo entero". Desafortunadamente para sus planes, los cinco años de edad con que contaba su propietario limitaban sus salidas al patio del hogar en los atardeceres en que la madre solía jugar con su pequeño príncipe. Entonces el avioncito de papel volaba de manos del niño a las de la joven madre… brevísimos segundos que bastaban para incentivarlo a soñar con volar entre las nubes… como un avión verdadero.

EL INTRUSO. (La lagartija).

Se había mudado sin ser invitado y en ocasiones hasta me hacía sentir que era yo quien tenía el descaro de haberme invitado a su propiedad... En cualquier momento salía con su ruido en la cocina o en la sala en el instante en que menos lo esperaba. A veces concentrado, escuchaba ese horripilante sonido cuan burla sarcástica que pretende hacerse graciosa a los oídos desprevenidos como  encontraba los míos. ¡Qué cuerda! Luego el tiempo pasó y ya solamente esperaba a que cualquier día se marchara: abrí por completo las persianas  de la cocina y las de la sala, lo ignoraba cada vez que escuchaba sus burlas ruidosas e intentaba hacerme creer a mí mismo que ese sería el último día. Después de varias semanas de espera, más de dos meses en total, ni siquiera sé  cuánto tiempo pasó, comencé a fraguar un plan definitivo para deshacerme del indeseable inquilino. Por ratos llegaban a mi memoria aquellos primos suyos que mis amigos y yo ensartábamos con los flecos pelados de las hojas de las ramas de matas de coco: nos les acercábamos silenciosos al verlos recostados en paredes solitarias, o en las matas de mango de la zona universitaria, en los tiempos en que solíamos marotear, y al mirarlos tan  tranquilos, amarrábamos el lazo en el arma elegida y… ¡zas! Allí quedaban enganchados, tornándose morados al paso de los segundos, y dejándome un sentido de culpabilidad que luego me llevaba a querer confesarme en la iglesia, lo cual no hacía, hasta que como a los once fui parte del coro de la parroquia de mi sector y me tocaba hacer el papel de los monaguillos: recoger las ofrendas, leer la biblia, etc. lo que impedía que en mi mente concibiera hacerle daño a esas pequeñas criaturas que, aunque feas, eran inofensivas. Lo hice sólo una vez, quizás dos… ¿¡yo qué sé?!, y otras tantas veces lo presencié, lo creí incorrecto, no se sentía bien. Por tales motivos llegué a pensar que se trataba de una venganza premeditada, pero ya no lo soportaba. Calculé que sería el próximo fin de semana cuando limpiaría la parte superior de los gabinetes de la cocina y arrojaría agua por doquier, sacudiendo y limpiando con mi escoba hasta que o saliera o... sí, estaba dispuesto a todo. Con decisión tan firme en la mente mi ser completo se llenó de una tranquilidad inesperada, como si ya el asunto estuviera resuelto, como si la vida volvía a ser mía y sólo a mí pertenecía. Esa noche salía de la cocina, como tantas otras veces sucede en mis madrugadas dedicadas a la escritura, escuché su ruido pero no me molestó, solamente miré en su dirección y le dije una sola palabra: ¡Vete! Más que una sentencia, fue una clara advertencia de lo que le convenía… él no sabía lo próximo que venía. En el fondo quería que se fuera, sin embargo, desvanecidas quedaron las esperanzas de que lo hiciera después de más de dos meses de espera. ¡Cosa curiosa!, esa madrugada se atrevió a caminar por las paredes de mi sala, hizo su ruidosa burla casi encima de mi cabeza y no le  presté atención, tal y como acostumbraba desde los días de mi decisión. Casi al amanecer fui a acostarme y escuché su ruido por última vez. Se escuchaba sin fuerzas, débil, tenue, casi susurrante... ¿Será que está muriendo?, fue lo que pensé. A lo mejor su alma de lagartija quería despedirse de mí y de mi cocina. No lo sé, de verdad no lo sé. lo cierto es que nunca más lo escuché.

miércoles, 19 de junio de 2019

Hoy duermes conmigo.

Hoy duermes conmigo y es la tibieza de tu piel el tapiz que cubre las paredes de mi habitación.
El silencio de la madrugada se ve atravesado por el sutil respiro de tu existencia y el aire se muestra agradecido de ser purificado por tu esencia.
Son flores las almohadas, algodonadas sonrisas que arrullan los pensamientos que se deslizan por la tersura de tu pelo.
Sábanas dichosas que albergan el ADN contenido en tu transpiración…  el susurrar del viento que sobrecogido penetra al espacio en que reinas y para congraciarse entona una canción.
Simples elementos… violín que desafina… me encuentro despierto y no es tu presencia la que ilumina mi vida.
Estoy solo… ¿qué más da?, Si al dormirme de nuevo volverás conmigo y en mis sueños reinarás.
Hoy duermes conmigo.

martes, 11 de junio de 2019

Tan hermoso.

Es tan hermoso saber que tú me quieres… que me piensas a cada momento y me regalas lo mejor de tus sentimientos.
Tan hermoso saberte conmigo y hasta en los momentos en que no estás presente mi corazón te siente.
Que seas mi luz, mi sosiego… que seas mi vida y mi aliento.
Es tan hermoso cariño, sentirte como te siento.

lunes, 29 de abril de 2019

Algunos sólo están.

Están presentes los unos, los otros y los demás… los que ignoran, los que piensan, los que intentan no pensar… están presentes los todos, los ningunos, y hasta los ausentes están.
Pues para estar basta un nombre, un apodo, un pensamiento… basta un soplo que se exhala, que se inhale un nuevo aliento.
Seguirán estando todos: los que se quedan, los que se van, aunque no regresen más.
Si nada habrían de hacer y nada habrán de sumar, ¿ importa al mundo en que existen si se quedan o se van?
Porque todos pueden dar, todos pueden aportar, pero algunos no lo entienden o pretenden ignorar: que unos amamos  la vida pero otros sólo están.

jueves, 31 de enero de 2019

Amor es confianza.

Entiendo que las parejas que se aman deben sobreponerse al temor a fracasar que hoy en día caracteriza a las relaciones amorosas modernas, porque nadie confía en las demás personas, porque el mundo ha cambiado tanto que resulta difícil hacerlo, pero es imposible conceder solidez a una relación si no se pone a un lado el temor a que las cosas salgan mal, temor que a veces se transforma en la plena seguridad de que las cosas no funcionarán, y tales pensamientos acaban por  convertirse en realidad. ¡Debemos creer y confiar en el amor! Quizás no sea tan sencillo pero es la única posibilidad que existe de crear una unión amorosa fuerte, sólida, impenetrable y duradera. Si no puedes regalarle a tu pareja un voto de confianza y cifrar en el mismo la esperanza de que saldrán airosos en el amor, aún en medio del convulso mundo de confusiones que nos ha tocado vivir, es posible que no estés amando a tu pareja tanto como dices amarla y quizás te convenga analizar tu situación calmadamente en tu interior. En este mes del amor: regálale un voto de confianza a tu relación. Atrévete de nuevo a ser inocente y a creer en el amor y hagamos del nuestro un mundo mejor. ¡Llenemos al mundo de amor!

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mi amigo Juan.

A mediados de los años ochenta ocurrieron grandes cambios en la cultura general de la República Dominicana: la música, modas, el aumento de la emigración dominicana a playas extranjeras y un supuesto nacimiento de la verdadera democracia en nuestra nación, fueron algunos de los giros más trascendentales de la época. Sin embargo, hubo un factor determinante que selló el destino de la isla quisqueyana y que aún prevalece hasta nuestros días: la pobreza alcanzó niveles alarmantes y la desigualdad social se tornó tan evidente como el sol tropical que broncea la piel de cada dominicano en su diario peregrinar. La revuelta social ocurrida en abril de 1984, luego de la firma del gobierno dominicano con el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.) que provocó que los alimentos de la canasta familiar elevaran sus precios por las nubes, razón por la que el pueblo se lanzó a las calles a protestar y miles de dominicanos perdieron sus vidas a manos del ejército que debía protegerlos. ¡Una masacre despiadadamente bestial! Después de aquel abril el pueblo dominicano nunca volvió a ser igual. Pasamos colectivamente de ser una nación valiente, unida y armoniosamente feliz a ser un grupo de personas que lucha individualmente por sus propios intereses sin importarle demasiado el porvenir de los demás. Fue así como la pobreza desempacó sus maletas y se mudó de forma permanente a las calles de Santo Domingo, mi ciudad natal, e invadió las riberas del río Ozama.
Confieso que hasta aquellos días yo pensaba que ser pobre significaba que no podían comprarse objetos de lujo ni estudiar en colegios privados ni exhibir joyas u otros adornos que costaban mucho pero valían poco. Sí, a mis catorce años de edad ignoraba cuan pobre podía ser un dominicano… me tocó averiguarlo de mala manera. En el equipo de natación al cual yo pertenecía entrenaban jóvenes de diversas clases sociales, pero uno no se enteraba de la condición real de cada cual porque todo lo que usábamos era un traje de baño deportivo y nada más. Algunos usaban gorros, otros entrenaban con chapaletas de vez en cuando, pero en el agua todos éramos iguales y nadábamos por nuestro equipo, por nuestro deporte y por nuestra nación. Uno de mis compañeros de equipo, de nombre Juan Manuel, con quien me llevaba muy bien, tenía el privilegio de competir con los mejores atletas en el grupo de once a doce años de edad y de verdad que daba gusto verlo nadar. Nadaba con agallas e imprimía coraje a cada brazada. ¡Ese chico sabía hacerse respetar! En las competencias obtenía medallas y buenos lugares que ponían en la pizarra de posiciones al nombre del equipo que representábamos y me sentía orgulloso de tenerlo por amigo. En cierta ocasión Juan Manuel faltó a prácticas por más de una semana y eso no era normal. Pasados los primeros días comenzamos a extrañarlo y fue allí cuando me di cuenta que en realidad no sabía su dirección correcta ni su número telefónico y por lo tanto no sabía cómo contactarlo. Es que pasábamos tantas horas entrenando en la piscina que casi ni teníamos tiempo de hacer otras cosas que no fuera hacer las tareas de la escuela. La competencia nacional se acercaba y Juan Manuel no daba señales de vida, así que le comuniqué a mi entrenador que indagaría acerca de su paradero a lo que él asintió. Preguntando a algunos de los muchachos de otros equipos supe que Juan Manuel vivía en la calle 29 del ensanche La Fe. Caminé hacia aquel sector, porque estaba cerca del centro olímpico Juan Pablo Duarte, lugar donde quedaba la piscina en la cual entrenábamos. Después de mucho preguntar llegué a una casucha de madera algo desvencijada y pensé que me habían suministrado la dirección equivocada. Penetré por un callejón que conducía al patio trasero de aquella maltrecha vivienda y, debajo de un árbol, sentado en una banqueta, cabizbajo y pensativo, encontré a mi amigo. Al principio miró incrédulo hacia dónde yo me encontraba, acto seguido se puso de pie y corrió a mi lado dándome un fuerte abrazo mientras me preguntaba qué buscaba por aquellos lares. Obviamente no se creía merecedor de que alguien lo fuera a buscar. Abría los ojos sorprendido al escuchar que todos en la piscina lo extrañaban y preguntaban por él, que todos lo habíamos echado de menos. Llegó el momento de preguntarle por cuál razón había faltado tantos días y mientras escuchaba las palabras que le decía él miraba incesantemente hacia una puerta abierta en la parte trasera de la vivienda en la que su familia habitaba. No pude evitar voltear a mirar lo que llamaba su atención sólo para descubrir que la puerta conducía a una pequeña habitación que parecía una cocina. Al voltear de nuevo en dirección a mi amigo lo encontré mirándome a los ojos y me dijo en tono solemne: "En esa cocina no se ha encendido ni un anafe en esta semana". Me costó trabajo asimilar lo que escuchaba, porque en el fondo de mi alma no quería creer que mis deducciones fueran ciertas. Juan Manuel se desbordó contando su tragedia como si estuviera necesitado de ser escuchado. Dijo que comía por la caridad de una que otra vecina que a veces le pasaba un plato no muy grande con algo de comida, que se acostaba sin cenar y pocas veces desayunaba, en fin, que la vida era muy dura y cruel con él. Al final confesó que amaba la natación pero que el hambre era más fuerte que cualquier deporte. Yo no estaba preparado para aquel escenario y en ese instante se me hizo un nudo en la garganta que me obligó a permanecer en silencio por unos minutos al lado de mi amigo. Rompí el hielo para decirle que lo entendía, que hablaría con el entrenador para ver qué podíamos hacer sobre su caso. Saqué el dinero menudo que traía en los bolsillos y se lo di a mi amigo, él me abrazó enternecido y nos despedimos mientras me acompañaba hasta el frente de su tan humilde hogar. Días después regresé a aquel lugar con la encomienda de hacerlo retornar a los entrenamientos porque el equipo lo ayudaría económicamente y se encargaría de que no pasara más hambre, pero no lo hallé. La familia de Juan Manuel se había mudado para el kilómetro 13 de la autopista Duarte. Conseguí su dirección y llegué a aquel sector todavía más humilde que el anterior. Encontré a Juan Manuel, pero él me dijo que ya no sería posible volver a entrenar natación. Había comenzado a trabajar en un taller de ebanistería con su tío y debía ayudar a su madre con el  sustento del hogar. Ni siquiera intenté convencerlo, su mirada decía que su destino estaba decidido. Le di algunos pesos que mi entrenador y yo reunimos para él. Los tomó agradecido y extendió su mano en señal de sincera amistad. Abracé a mi amigo por última vez y le dije: "Hasta luego Juan Manuel". Nunca más lo he vuelto a ver, pero desde aquellos días nació en mi corazón la firme decisión de luchar en contra de la desigualdad y en favor de la justicia social. Considero conveniente contribuir a la educación de los más necesitados y llevar el mensaje a mis compatriotas de que necesitan alejarse de los vicios: alcohol y juegos de azar, así como de todo lo que los aleje de un mejor porvenir. Ignoro cuántas de esas metas serán concedidas por Dios, pero mientras exista en este plano material confiaré en que la humanidad puede cambiar para convertirnos en una sola raza humana: solidaria, progresista  y unida. Con la ayuda de Dios, si es su voluntad, algún día lo podremos lograr.