miércoles, 19 de junio de 2019

Hoy duermes conmigo.

Hoy duermes conmigo y es la tibieza de tu piel el tapiz que cubre las paredes de mi habitación.
El silencio de la madrugada se ve atravesado por el sutil respiro de tu existencia y el aire se muestra agradecido de ser purificado por tu esencia.
Son flores las almohadas, algodonadas sonrisas que arrullan los pensamientos que se deslizan por la tersura de tu pelo.
Sábanas dichosas que albergan el ADN contenido en tu transpiración…  el susurrar del viento que sobrecogido penetra al espacio en que reinas y para congraciarse entona una canción.
Simples elementos… violín que desafina… me encuentro despierto y no es tu presencia la que ilumina mi vida.
Estoy solo… ¿qué más da?, Si al dormirme de nuevo volverás conmigo y en mis sueños reinarás.
Hoy duermes conmigo.

martes, 11 de junio de 2019

Tan hermoso.

Es tan hermoso saber que tú me quieres… que me piensas a cada momento y me regalas lo mejor de tus sentimientos.
Tan hermoso saberte conmigo y hasta en los momentos en que no estás presente mi corazón te siente.
Que seas mi luz, mi sosiego… que seas mi vida y mi aliento.
Es tan hermoso cariño, sentirte como te siento.

lunes, 29 de abril de 2019

Algunos sólo están.

Están presentes los unos, los otros y los demás… los que ignoran, los que piensan, los que intentan no pensar… están presentes los todos, los ningunos, y hasta los ausentes están.
Pues para estar basta un nombre, un apodo, un pensamiento… basta un soplo que se exhala, que se inhale un nuevo aliento.
Seguirán estando todos: los que se quedan, los que se van, aunque no regresen más.
Si nada habrían de hacer y nada habrán de sumar, ¿ importa al mundo en que existen si se quedan o se van?
Porque todos pueden dar, todos pueden aportar, pero algunos no lo entienden o pretenden ignorar: que unos amamos  la vida pero otros sólo están.

jueves, 31 de enero de 2019

Amor es confianza.

Entiendo que las parejas que se aman deben sobreponerse al temor a fracasar que hoy en día caracteriza a las relaciones amorosas modernas, porque nadie confía en las demás personas, porque el mundo ha cambiado tanto que resulta difícil hacerlo, pero es imposible conceder solidez a una relación si no se pone a un lado el temor a que las cosas salgan mal, temor que a veces se transforma en la plena seguridad de que las cosas no funcionarán, y tales pensamientos acaban por  convertirse en realidad. ¡Debemos creer y confiar en el amor! Quizás no sea tan sencillo pero es la única posibilidad que existe de crear una unión amorosa fuerte, sólida, impenetrable y duradera. Si no puedes regalarle a tu pareja un voto de confianza y cifrar en el mismo la esperanza de que saldrán airosos en el amor, aún en medio del convulso mundo de confusiones que nos ha tocado vivir, es posible que no estés amando a tu pareja tanto como dices amarla y quizás te convenga analizar tu situación calmadamente en tu interior. En este mes del amor: regálale un voto de confianza a tu relación. Atrévete de nuevo a ser inocente y a creer en el amor y hagamos del nuestro un mundo mejor. ¡Llenemos al mundo de amor!

lunes, 17 de septiembre de 2018

Mi amigo Juan.

A mediados de los años ochenta ocurrieron grandes cambios en la cultura general de la República Dominicana: la música, modas, el aumento de la emigración dominicana a playas extranjeras y un supuesto nacimiento de la verdadera democracia en nuestra nación, fueron algunos de los giros más trascendentales de la época. Sin embargo, hubo un factor determinante que selló el destino de la isla quisqueyana y que aún prevalece hasta nuestros días: la pobreza alcanzó niveles alarmantes y la desigualdad social se tornó tan evidente como el sol tropical que broncea la piel de cada dominicano en su diario peregrinar. La revuelta social ocurrida en abril de 1984, luego de la firma del gobierno dominicano con el Fondo Monetario Internacional (F.M.I.) que provocó que los alimentos de la canasta familiar elevaran sus precios por las nubes, razón por la que el pueblo se lanzó a las calles a protestar y miles de dominicanos perdieron sus vidas a manos del ejército que debía protegerlos. ¡Una masacre despiadadamente bestial! Después de aquel abril el pueblo dominicano nunca volvió a ser igual. Pasamos colectivamente de ser una nación valiente, unida y armoniosamente feliz a ser un grupo de personas que lucha individualmente por sus propios intereses sin importarle demasiado el porvenir de los demás. Fue así como la pobreza desempacó sus maletas y se mudó de forma permanente a las calles de Santo Domingo, mi ciudad natal, e invadió las riberas del río Ozama.
Confieso que hasta aquellos días yo pensaba que ser pobre significaba que no podían comprarse objetos de lujo ni estudiar en colegios privados ni exhibir joyas u otros adornos que costaban mucho pero valían poco. Sí, a mis catorce años de edad ignoraba cuan pobre podía ser un dominicano… me tocó averiguarlo de mala manera. En el equipo de natación al cual yo pertenecía entrenaban jóvenes de diversas clases sociales, pero uno no se enteraba de la condición real de cada cual porque todo lo que usábamos era un traje de baño deportivo y nada más. Algunos usaban gorros, otros entrenaban con chapaletas de vez en cuando, pero en el agua todos éramos iguales y nadábamos por nuestro equipo, por nuestro deporte y por nuestra nación. Uno de mis compañeros de equipo, de nombre Juan Manuel, con quien me llevaba muy bien, tenía el privilegio de competir con los mejores atletas en el grupo de once a doce años de edad y de verdad que daba gusto verlo nadar. Nadaba con agallas e imprimía coraje a cada brazada. ¡Ese chico sabía hacerse respetar! En las competencias obtenía medallas y buenos lugares que ponían en la pizarra de posiciones al nombre del equipo que representábamos y me sentía orgulloso de tenerlo por amigo. En cierta ocasión Juan Manuel faltó a prácticas por más de una semana y eso no era normal. Pasados los primeros días comenzamos a extrañarlo y fue allí cuando me di cuenta que en realidad no sabía su dirección correcta ni su número telefónico y por lo tanto no sabía cómo contactarlo. Es que pasábamos tantas horas entrenando en la piscina que casi ni teníamos tiempo de hacer otras cosas que no fuera hacer las tareas de la escuela. La competencia nacional se acercaba y Juan Manuel no daba señales de vida, así que le comuniqué a mi entrenador que indagaría acerca de su paradero a lo que él asintió. Preguntando a algunos de los muchachos de otros equipos supe que Juan Manuel vivía en la calle 29 del ensanche La Fe. Caminé hacia aquel sector, porque estaba cerca del centro olímpico Juan Pablo Duarte, lugar donde quedaba la piscina en la cual entrenábamos. Después de mucho preguntar llegué a una casucha de madera algo desvencijada y pensé que me habían suministrado la dirección equivocada. Penetré por un callejón que conducía al patio trasero de aquella maltrecha vivienda y, debajo de un árbol, sentado en una banqueta, cabizbajo y pensativo, encontré a mi amigo. Al principio miró incrédulo hacia dónde yo me encontraba, acto seguido se puso de pie y corrió a mi lado dándome un fuerte abrazo mientras me preguntaba qué buscaba por aquellos lares. Obviamente no se creía merecedor de que alguien lo fuera a buscar. Abría los ojos sorprendido al escuchar que todos en la piscina lo extrañaban y preguntaban por él, que todos lo habíamos echado de menos. Llegó el momento de preguntarle por cuál razón había faltado tantos días y mientras escuchaba las palabras que le decía él miraba incesantemente hacia una puerta abierta en la parte trasera de la vivienda en la que su familia habitaba. No pude evitar voltear a mirar lo que llamaba su atención sólo para descubrir que la puerta conducía a una pequeña habitación que parecía una cocina. Al voltear de nuevo en dirección a mi amigo lo encontré mirándome a los ojos y me dijo en tono solemne: "En esa cocina no se ha encendido ni un anafe en esta semana". Me costó trabajo asimilar lo que escuchaba, porque en el fondo de mi alma no quería creer que mis deducciones fueran ciertas. Juan Manuel se desbordó contando su tragedia como si estuviera necesitado de ser escuchado. Dijo que comía por la caridad de una que otra vecina que a veces le pasaba un plato no muy grande con algo de comida, que se acostaba sin cenar y pocas veces desayunaba, en fin, que la vida era muy dura y cruel con él. Al final confesó que amaba la natación pero que el hambre era más fuerte que cualquier deporte. Yo no estaba preparado para aquel escenario y en ese instante se me hizo un nudo en la garganta que me obligó a permanecer en silencio por unos minutos al lado de mi amigo. Rompí el hielo para decirle que lo entendía, que hablaría con el entrenador para ver qué podíamos hacer sobre su caso. Saqué el dinero menudo que traía en los bolsillos y se lo di a mi amigo, él me abrazó enternecido y nos despedimos mientras me acompañaba hasta el frente de su tan humilde hogar. Días después regresé a aquel lugar con la encomienda de hacerlo retornar a los entrenamientos porque el equipo lo ayudaría económicamente y se encargaría de que no pasara más hambre, pero no lo hallé. La familia de Juan Manuel se había mudado para el kilómetro 13 de la autopista Duarte. Conseguí su dirección y llegué a aquel sector todavía más humilde que el anterior. Encontré a Juan Manuel, pero él me dijo que ya no sería posible volver a entrenar natación. Había comenzado a trabajar en un taller de ebanistería con su tío y debía ayudar a su madre con el  sustento del hogar. Ni siquiera intenté convencerlo, su mirada decía que su destino estaba decidido. Le di algunos pesos que mi entrenador y yo reunimos para él. Los tomó agradecido y extendió su mano en señal de sincera amistad. Abracé a mi amigo por última vez y le dije: "Hasta luego Juan Manuel". Nunca más lo he vuelto a ver, pero desde aquellos días nació en mi corazón la firme decisión de luchar en contra de la desigualdad y en favor de la justicia social. Considero conveniente contribuir a la educación de los más necesitados y llevar el mensaje a mis compatriotas de que necesitan alejarse de los vicios: alcohol y juegos de azar, así como de todo lo que los aleje de un mejor porvenir. Ignoro cuántas de esas metas serán concedidas por Dios, pero mientras exista en este plano material confiaré en que la humanidad puede cambiar para convertirnos en una sola raza humana: solidaria, progresista  y unida. Con la ayuda de Dios, si es su voluntad, algún día lo podremos lograr.

domingo, 8 de julio de 2018

Cita ineludible. (Relato breve).

Humildad es la cualidad exhibida por un rey, rey de reyes para ser exacto, que tolera con estoica mansedumbre la insolencia de un funcionario gubernamental de quinta categoría que osa interrogarlo como si fueran iguales. Y este funcionario, un tal Pilato, profiere palabras  en forma cuestionadora acerca del título que ostenta su honorable interlocutor: "¿Eres tú el rey de los judíos?". ¡Cuánta insolencia en una sola persona! Ni siquiera le bastó que su propia esposa lo llamó detrás de la cortina para advertirle que en sueños había recibido la confirmación de que ese a quien él osaba interrogar de igual a igual era algo sagrado… venerable y que por tanto debía ser respetado. Y el rey contestó con cuatro palabras tan cortas como el pronunciamiento de quien intenta no ofender y prefiere impedir que su aliento atraviese el espacio comprendido entre sus labios y los otros oídos: "Tú lo has dicho". Eso fue todo lo que dijo, que él mismo lo había dicho, sabiendo que el ego de aquel funcionario de quinta categoría, subordinado a la administración de un paraje lejano, muy alejado de los grandes palacios del imperio romano, podía verse ofendido si intentara explicarle su origen y para qué vino. Y es que a veces mejor es callar la verdad si al otro no le interesa escucharla o no está preparado para hacerlo. De haberle dicho Cristo en esos momentos que todo el imperio romano era solamente una ligera insignificancia comparada con el reino que a él le tocaba gobernar, que no era rey de los judíos sino el rey de todos los reyes del universo entero, que había venido a  la tierra para salvarlo a él aunque se llamara Pilato, y no sólo a él sino a todos los romanos, judíos, árabes, asiáticos y a la humanidad en su totalidad… no, Pilato no lo habría entendido. Peor aún, seguro que la confusión dentro de su cabeza lo hubiera empujado a ordenar que trajeran dos sillas y unas copas de vino para ver si algún día pudiera entrar en él tanta sabiduría como la que de su interlocutor salía. Tal orden interrumpiría el cumplimiento de la profecía y no… eso nunca pasaría. Su cita con la muerte estaba sellada por el Todopoderoso, como una muestra de amor y misericordia por su creación… Cristo tenía una cita ineludible con la crucifixión.

jueves, 3 de mayo de 2018

Hormiguitas soñadoras.

Dos hormiguitas conversaban sobre los planes que tenían para sus vidas futuras. Una le decía a la otra: "Yo, cuando sea grande seré una hormiga trabajadora que tendrá su propio almacén en el cual guardaré muchas provisiones... aprenderé a construir hormigueros a prueba de lluvias y me haré famosa, todas las  hormigas me conocerán y querrán ser mis amigas... ¡sí, seré una hormiga famosa y muy conocida!". La otra hormiguita quedó callada y pensativa por largo rato, entonces la primera hormiguita le preguntó: "Tú qué piensas ser cuando seas grande", y la hormiguita le contestó: "Creo que seré amiga tuya y así todos querrán buscarme para llegar a ti cuando seas famosa". Ambas amiguitas quedaron mirándose la una a la otra sin decir nada y luego de un rato la primera hormiguita dijo: "Pensándolo bien... ^¿no te interesa que intercambiemos  nuestros sueños?". 



jueves, 19 de abril de 2018

El hombre que encontró la verdad (cuento breve).

Cierto hombre al que tildaban de ingenuo e idealista decidió recorrer el camino más angosto y empinado de la vida en procura de conocer la verdad. Se despidió de sus padres y hermanos, y salió de su pueblo con paso firme rumbo a lo que él creía su destino. En una de sus paradas conoció a una persona que le brindó su amistad. Como el hombre aprendió el valor que tiene un amigo de las enseñanzas de sus padres, quiso dar a aquella nueva amistad el mismo tratamiento que recibió de sus progenitores. Al principio congeniaron a la perfección, compartían recuerdos, risas y canciones, pero un día fueron contratados para realizar un trabajo bien remunerado en uno de esos pueblos del camino y ambos se empeñaron en cumplir con excelencia y rapidez con lo encomendado. Pronto el trabajo estuvo terminado y aquella noche celebraron y brindaron por el éxito obtenido. La mañana siguiente el hombre despertó y buscó a su amigo sin encontrarlo. Luego se enteró que el nuevo amigo había cobrado el pago del trabajo realizado y partió raudo y veloz con rumbo desconocido. Lamentó en su corazón aquel desenlace, mas, valoró la gran enseñanza que todo aquello contenía. Unos cuantos centavos significaban el precio de aquel falso amigo y al mismo tiempo le aseguraban al hombre que la amistad no siempre se cimentaba en la verdad. Sonrió optimista y siguió su camino. En otra de sus múltiples paradas la vida le presentó al amor de una mujer. A primera vista se conocieron y entregaron sus corazones el uno al otro. En poco tiempo llegaron a amarse con pasión y locura desmedida. Prometieron nunca separarse y amarse hasta el fin de sus días. Él complacía todos los caprichos de su amada, se esmeraba en tratarla como a una reina y llenaba su tiempo del amor que por ella sentía. Un día ella le pidió que le construyera una casa en la que vivieran para siempre felices los dos. Él quedó pensativo por largo rato sin contestar, al final le dijo que una construcción de esa magnitud le llevaría mucho tiempo y ella tendría que ser paciente y saber esperar. En realidad lo que él quiso decir a su amada fue que aún el palacio más majestuoso de la historia sería poco comparado al gran amor que por ella sentía. Pero ella no lo entendió. Al día siguiente, cuando el hombre regresó de sus labores, traía consigo los planos y el presupuesto para iniciar la construcción deseada por su amada. Encontró la casa sola y vacía. Ella se había marchado sin dejar siquiera una nota de explicación. Indagó en el pueblo y allí se enteró que en la historia de aquella mujer él ocupaba un número más de los tantos amores que se le habían conocido. Se sintió agradecido de haberse dado cuenta a tiempo y por un breve instante pensó que la dicha del cielo le había librado de construir un hogar en el que sólo la mentira reinaría. Siguió su camino y sonriendo pensaba que en todos lados descubría parte de algunas verdades, pero todavía no encontraba el significado más puro de la verdad. La más fructífera de las paradas la realizó en las afueras de un pueblo muy lejano, en una modesta casa de la cual veía entrar y salir a muchas personas. Preguntó a uno de los lugareños quién vivía allí y le informaron que el hombre más sabio de toda aquella región residía con su familia en aquel humilde hogar. Todos acudían a él cuando no sabían encontrar por ellos solos la solución de sus dilemas. El hombre celebró aquella noticia, por fin hallaría a alguien que le indicaría como llegar a conocer la verdad. Se dirigió a la vivienda del hombre sabio y se presentó ante él con una enorme sonrisa de satisfacción por conocerle. Creía con todas sus fuerzas que había llegado al lugar indicado. Cinco años de recorrer caminos y pueblos distintos, de conocer personas tan diferentes entre sí, de muchas alegrías y pocas tristezas, esperanzas y desconsuelos… sí, valía la pena recorrer el camino con tal de descubrir el verdadero significado de la verdad. Un anciano lo recibió sentado en una mecedora debajo de un flamboyán. Lo invitó a tomar asiento a su lado mientras le decía: "Adelante hijo, veo que ya llegaste". Las palabras del anciano llenaron de confusión al recién llegado, quien no pudo evitar preguntar si ya le conocía. El anciano le explicó que debía gran parte de su sabiduría a que siempre escuchaba con atención lo que la gente decía. Sí, sabía de un hombre que recorría los caminos intentando encontrar el verdadero significado de la verdad, y al verlo comprobó que encajaba con la descripción que escuchó repetidas veces sobre su persona. El hombre vaciló un instante pues ignoraba si sería prudente preguntar cuántas cosas más sabía sobre él. Permaneció en silencio unos minutos que parecían eternos y el anciano le dijo: "Pregunta sólo aquello a lo que puedas sacar algún provecho. Lo demás suéltalo al viento y si está de ti saberlo algún día te enterarás". El hombre platicó con el anciano largas horas hasta que llegó el anochecer. El anciano lo invitó a pernoctar en su vivienda, con su familia, y el hombre aceptó gustoso. Durante varios días escuchó al anciano conversar sobre tantos temas diversos lleno de sabiduría. Incluso le permitía escuchar asuntos que otros le planteaban, siempre y cuando esos otros estuvieran de acuerdo. Al cabo de varios días, el anciano comunicó al hombre que el momento esperado por él se encontraba próximo. Le entregó un sobre sellado y un mapa que contenía un atajo por entre las montañas que lo conduciría a su destino final con el significado de la verdad. Lo encareció a abrir el sobre solamente cuando llegara a su destino. Esa noche platicaron hasta bien entrada la madrugada y luego fueron a dormir. En la mañana, el anciano se despidió del hombre y le invitó a volver cuando quisiera, asegurándole que sería más que bienvenido a visitar de nuevo su humilde hogar. El hombre se despidió con un nudo en la garganta, sentía un cariño sincero por aquel sabio anciano. Se internó en los montes, subió montañas, caminó entre atajos y veredas, flores y malezas, ríos y arroyos… hasta que por fin llegó al lugar más hermoso que sus ojos jamás presenciaron. Por lo menos así lo veía desde lejos. Tuvo que acercarse mucho antes de comprobar que se encontraba de regreso en su pueblo natal. Se dijo a sí mismo que debió haber extraviado el camino en algún lugar. Sacó el mapa y verificó que ciertamente su recorrido correspondía con las indicaciones que el mismo contenía. Notó que su pueblo lucía cambiado. Existían nuevos negocios y plazas comerciales, las calles adornadas y extremadamente limpias le recordaban los días en que visitó grandes y lujosas ciudades en otros países lejanos. Estaba sorprendido… ¿Cuánto había cambiado su pueblo natal! Aprovechó que todos aún dormían para encontrar sin dilación su destino final. Al pasar por el parque municipal volvió a sorprenderse al leer en un enorme listón una frase que decía: "Bienvenido al pueblo del hombre que busca por el mundo el verdadero significado de la verdad". Estaba atónito, no cabía en sí de su asombro. Encontró un diario local en que se señalaban las virtudes de aquel pueblo al que proponían cambiarle el nombre por "El pueblo de la verdad". Hasta ese instante ignoraba que su búsqueda fuera tan conocida por la gente de su pueblo y mucho menos que había adquirido connotación en toda aquella región. Siguió cuidadosamente las indicaciones en el mapa y llegó a un espacio florido donde casi se desmaya de la sorpresa. Justo frente a él se hallaba erigida la casa que había diseñado para aquella hermosa mujer que conoció en un pueblo lejano. Sus padres y hermanos escucharon el rumor de que el hombre había regresado y fueron a encontrarlo. Le hicieron saber que unos años atrás, cansados de esperar su regreso, salieron a buscarlo y en el camino encontraron a un hombre quien se mostró arrepentido de haberle fallado a un verdadero amigo, les entregó una gran cantidad de dinero y les dijo que aquello era el fruto de las ganancias obtenidas de la inversión del dinero que ganó trabajando con su amigo; luego, en otro pueblo lejano, encontraron a una mujer que lloraba desdichada la pérdida del amor más grande que  había conocido y que no supo valorar. Ella les entregó los planos que aquel hombre dejó abandonados en la casa que ambos compartieron por varios meses. Con el dinero y los planos decidieron construir la casa para cuando el hombre regresara. El pueblo de la verdad preparó una inmensa celebración para su ciudadano más ilustre que se encontraba por fin de regreso en su tierra. Todos le agradecían la fama que aquel pueblo tenía gracias a su travesía. Recibían visitantes de todos lados deseosos de conocer al pueblo de la verdad, y sus negocios prosperaban sin detenerse debido al incremento en la economía que el turismo producía. El hombre se sintió regocijado de tantas buenas noticias que su camino había provocado. Al término de aquella celebración fue a descansar en la casa que él había diseñado y que sus hermanos construyeron para él con el dinero que aquel amigo les entregó. Se disponía a dormir cuando súbitamente recordó el sobre sellado que el sabio anciano  puso en sus manos con el mapa de la verdad. Buscó el sobre y lo rasgó a toda prisa, sentía curiosidad por saber su contenido. Extrajo del sobre un papel cuyas letras decían: "Querido amigo: ahora que estás de vuelta en casa y que has llevado felicidad a los tuyos, debo decirte que la verdad es y siempre será relativa. La verdad absoluta sólo la tiene Dios, pero hay una gran verdad en el interior de cada persona. Tu única gran verdad está dentro de ti. Mira en tu interior y podrás darte cuenta que en ti está la clave para ser feliz".